El gerente rompió el cheque de una mujer humilde sin saber quién era ella en ese banco…

Ricardo bajó la cabeza. No tenía respuesta. Cualquier cosa que dijera solo lo hundiría más. El presidente Valdés abrió una carpeta que tenía delante. Señor Montenegro, mientras esperábamos su llegada, hemos realizado algunas verificaciones rápidas, dijo con tono grave. Y hemos descubierto que este no es el primer incidente de este tipo. Existen tres quejas formales en su contra en los últimos 18 meses, todas ellas relacionadas con un trato inadecuado a clientes que, según sus propias palabras en los informes, no parecían tener el perfil para nuestros servicios premium.

Ricardo sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Recordaba cada uno de esos casos que había logrado minimizar y archivar. Recordaba a la señora de 60 años que quería invertir la herencia de su marido, al joven emprendedor que solicitó un crédito para su startup y al humilde agricultor que había ganado la lotería. A todos los había tratado con el mismo desdén, juzgándolos por su apariencia antes de analizar sus casos. Esas quejas anteriores fueron archivadas por falta de pruebas materiales, continuó el presidente.

Pero esta vez es diferente. Esta vez tenemos los pedazos del cheque, tenemos testigos presenciales y lo que es más importante, tenemos una víctima que resulta ser además nuestra mayor acreedora individual. Ricardo levantó la vista de golpe. Acreedora. ¿Qué significaba eso? La confusión se reflejaba en su rostro. Mariana Costa se lo explicó con un tono que mezclaba profesionalismo y una profunda decepción. Señor Montenegro, la señora Elena Vargas es propietaria de 2,400,000 € en bonos corporativos de nuestro banco.

Ella es la mayor inversora privada individual de esta institución. Cuando usted la humilló, no solo le faltó el respeto a una clienta, le faltó el respeto a la persona que con su inversión ayudó a salvar este banco de una grave crisis financiera hace apenas 3 meses. El impacto de esa revelación fue como un puñetazo en el estómago para Ricardo, 2,400,000 € La mujer de la ropa sencilla era multimillonaria y él había destruido su cheque. Yo no lo sabía”, murmuró.

Su voz casi inaudible, rota por la vergüenza y el miedo. “No debería haber necesitado saberlo, intervino Elena hablando por primera vez desde que Ricardo entró en la sala. Su voz era firme, pero no contenía ira, solo una verdad aplastante. Debería haberme tratado con respeto, independientemente de quién fuera yo, de mi saldo bancario o de la ropa que vistiera. El respeto no es un privilegio que se otorga a los ricos, señor Montenegro. Es un derecho fundamental de todas las personas.

Cada palabra caló hondo en la conciencia de Ricardo. Sabía que ella tenía razón. En el fondo siempre lo había sabido, pero su ambición y sus prejuicios lo habían cegado. “Señora Vargas”, dijo Ricardo forzándose a mirarla a los ojos. “le pido disculpas, unas disculpas sinceras. Lo que hice fue imperdonable. La juzgué por su apariencia y cometí una injusticia terrible. ” Elena lo observó en silencio durante unos largos segundos. Una parte de ella sentía compasión por aquel hombre roto, pero otra sabía que unas simples disculpas no eran suficientes para sanar el daño sistémico.

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