Sin embargo, una sombra de ansiedad nublaba su semblante. Las metas del trimestre pendían de un hilo y necesitaba cerrar tratos importantes, captar inversores de peso, no perder el tiempo con lo que él consideraba clientela menor. Cuando finalmente llegó el turno de Elena, la cajera Sofía le dedicó una sonrisa ensayada, un gesto de amabilidad protocolaria. Elena, con calma le explicó que necesitaba depositar un cheque. Sofía tomó el papel, sus ojos recorrieron la cifra y se abrieron como platos.
420,000 € Sofía tragó saliva intentando mantener la compostura. El monto excedía con creces cualquier transacción que hubiera manejado esa semana. Señora, para depósitos superiores a 100,000 € es necesario hablar directamente con el gerente”, explicó su voz un poco más aguda de lo normal. Es el procedimiento estándar del banco. Un momento, por favor. Con dedos temblorosos, tecleó algo en su ordenador, descolgó el teléfono interno y 3 minutos después, Ricardo Montenegro descendía por la escalera con la arrogancia de un emperador.

Vio a Elena desde lejos. su ropa modesta, su bolso viejo, sus zapatillas gastadas, una mueca casi imperceptible de desdén se dibujó en su rostro sin cruzar una sola palabra, sin conocerla, ya la había juzgado y sentenciado. Para él, ella simplemente no pertenecía a ese lugar. “¿Usted desea depositar este cheque?”, preguntó Ricardo, sosteniendo el documento entre el índice y el pulgar, como si manipulara un objeto contaminado. Ni siquiera le ofreció asiento, un gesto básico de cortesía que reservaba para clientes de su nivel.
La mantuvo de pie, expuesta ante el resto. Sí, es el pago de 1900, una empresa con la que trabajo. Todo está en orden. Puede verificarlo? respondió Elena con una serenidad que descolocó al gerente. Su voz era firme, pero carente de cualquier arrogancia. Ricardo examinó el cheque. Pertenecía a la constructora Solisan Torres, una de las más prestigiosas del país, pero el nombre del beneficiario era Elena Vargas. Frunció el seño, tecleó su nombre en el sistema y su prejuicio se vio confirmado.
Era una clienta sin importancia. El sistema arrojó la información que Ricardo esperaba y necesitaba para validar su juicio. Una cuenta corriente simple, con un saldo promedio de apenas 2000 € en los últimos 6 meses. No había carteras de inversión, ni fondos, ni productos premium asociados a su nombre. Era, a sus ojos, una clienta invisible, una simple cifra en la base de datos. Señora Vargas, ¿a qué se dedica usted exactamente? inquirió cruzando los brazos en un claro gesto de superioridad y desafío.
“Quería acorralarla, exponerla. Tengo algunos negocios, respondió Elena, eligiendo la discreción, sin sentir la necesidad de revelar su vida a un hombre que ya la había condenado. La respuesta, sin embargo, solo alimentó el cinismo del gerente, quien vio en esa vaguedad una confirmación de sus sospechas. “Algunos negocios,”, repitió Ricardo paladeando las palabras con una sonrisa cínica que no intentó disimular. Su tono era una mezcla de burla y acusación. Mire, señora, usted llega aquí con esa ropa, con un bolso que parece de mercadillo y pretende que yo, el gerente de esta sucursal, me crea que ha recibido casi medio millón de euros de una constructora de élite.
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