Se volcó en el proyecto con una dedicación absoluta. Entregó el servicio en tres semanas, dos días antes de la fecha límite establecida. La sin calidad de su trabajo fue tan excepcional que el propio dueño de la constructora, el señor Solís, la llamó a su despacho personal. “Elena, tienes un talento increíble para esto”, le dijo el señor Solís, un hombre mayor y respetado en el sector. “¿Alguna vez has pensado en expandirte más allá de la limpieza? ¿Tienes visión para los negocios?” Aquella conversación fue una revelación para Elena.
El señor Solís, viendo su potencial y su ética de trabajo, se convirtió en su mentor informal. le enseñó sobre licitaciones públicas, sobre cómo competir por contratos gubernamentales, sobre gestión de personal y estrategias de crecimiento. Elena absorbía cada consejo como una esponja, aplicando cada lección con una inteligencia práctica asombrosa. A los 30 años, servicios esplendor, ya contaba con 12 empleados. A los 32 eran 28. La semilla que había plantado con tanto esfuerzo comenzaba a florecer. A los 35 años, su empresa, Servicios Esplendor, era ya una fuerza a tener en cuenta en el sector.
Tenía contratos fijos con tres ayuntamientos, cinco de las constructoras más importantes de la región y siete grandes empresas privadas. La facturación anual superaba el 1200,000 € Sin embargo, el éxito no cambió a Elena. Siguió viviendo en su modesto apartamento del barrio obrero, vistiendo su ropa sencilla y manteniendo un perfil bajo. El dinero que ganaba no lo destinaba a lujos, sino que lo reinvertía inteligentemente, una parte para expandir la empresa, otra para la educación de Isabel, que ahora asistía a un excelente colegio privado, y el resto para un sólido fondo de ahorro que crecía silenciosamente año tras año.
Con 38 años, Elena decidió dar el siguiente paso en su carrera empresarial. Fundó Inversiones Vargas EB, un holding a través del cual comenzó a invertir en pequeños negocios de su propia comunidad. Su filosofía era distinta a la de los bancos tradicionales. Prestaba dinero con intereses justos a emprendedores locales que los grandes bancos rechazaban. Ayudó a una vecina a abrir una panadería que hoy era el corazón del barrio. Financió a un joven mecánico para que montara su propio taller.
Invirtió en el sueño de una costurera que anhelaba tener su propia marca de ropa. Todos ellos le devolvieron el dinero y lo más importante, todos prosperaron gracias a esa primera oportunidad. A los 40 años Inversiones Vargas ya tenía participación en 17 pequeñas y medianas empresas. Elena no era la dueña de todas, pero actuaba como socia estratégica, aportando no solo capital, sino también su valiosa experiencia y su red de contactos. Su patrimonio personal superaba ya los 10 millones de euros, pero este era un secreto que guardaba celosamente.
No conducía coches de lujo, no cenaba en restaurantes de moda, ni publicaba su vida en redes sociales. Su hija Isabel, que ahora tenía 22 años, estaba a punto de graduarse en administración de empresas. era una joven brillante y centrada que comprendía el verdadero valor del dinero porque había visto a su madre luchar por cada céntimo. Y entonces, hace 8 meses, llegó la gran oportunidad de inversión. La constructora Solisan Torres, la misma que le dio su primer gran contrato, necesitaba un inversor para un ambicioso proyecto inmobiliario de lujo.
El señor Solís, ya con 70 años y con una confianza ciega en la visión de Elena, la invitó a participar como socia minoritaria. Elena decidió arriesgar. E invirtió 800,000 € de su patrimonio. Fue una apuesta audaz, pero su instinto le decía que era la correcta. El proyecto fue un éxito rotundo. En solo 7 meses, todos los apartamentos se vendieron sobre plano. El beneficio fue estratosférico. La parte que le correspondía a Elena era exactamente de 420,000 € el valor del cheque que Ricardo Montenegro acababa de hacer trizas.
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