Ahora, sentada en el sofá gastado de su sala, Elena miraba su teléfono. La reunión con el doctor Morales, su abogado y asesor financiero, estaba confirmada para la mañana siguiente, pero había algo más, un as en la manga que ni Ricardo ni nadie en el Banco solario podía siquiera imaginar. Y esto, amigos, es la parte de la historia que lo cambia todo. Hace 3 meses, el Banco Solario había atravesado una grave crisis financiera debido a una serie de malas inversiones de la directiva anterior.
Necesitaban una inyección de capital urgente para evitar el colapso. La solución fue emitir bonos corporativos, títulos de deuda para atraer a inversores privados a cambio de una rentabilidad generosa. a través de su holding y bajo el consejo del drctor Morales había comprado 2,400,000 € en bonos del banco solario. No era una simple inversora. Se había convertido, sin que nadie en la estructura intermedia del banco lo supiera, en su mayor acreedora individual. Esta posición le otorgaba una voz, un poder inmenso y según el contrato que había leído línea por línea, le daba la derecho a exigir cambios drásticos en la gestión si se demostraban evidencias de mala conducta por parte de los empleados.
Romper el cheque legítimo de un cliente y humillarlo públicamente, como le había explicado su abogado, era sin duda, una falta grave que activaba esa cláusula. Elena nunca había buscado la venganza. no estaba en su naturaleza. Su objetivo era la justicia y más importante aún la dignidad. quería que el banco donde había depositado su confianza y sus ahorros durante 20 y años fuera un lugar mejor, un lugar donde personas como la mujer que ella fue, que llegan con ropa sencilla pero con la frente en alto, fueran tratadas con el respeto que merecen.
Antes de salir del banco, había recogido discretamente los fragmentos del cheque de la papelera. Sofía, la cajera, la había ayudado en un rápido gesto de solidaridad, metiendo los pedazos en un sobre mientras Ricardo subía las escaleras. Esa joven tenía un corazón noble. Sobre la mesa de su sala, Elena unió los pedazos del cheque como si fueran las piezas de un rompecabezas. Cada trozo era un recordatorio de la humillación sufrida. Sacó una fotografía con su móvil documentando la prueba material de la agresión.
guardó todo cuidadosamente en una carpeta de plástico transparente. Esa noche apenas pudo dormir, no por la rabia, sino por la anticipación de lo que estaba por venir. Durante 23 años había construido su éxito en el más absoluto silencio, dejando que sus acciones hablaran por ella. Ahora, por primera vez, iba a usar su voz y tenía la certeza de que cuando Elena Vargas hablaba, incluso en un susurro, el mundo escuchaba. La sala de reuniones en el despacho del Dr.
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