Torres de acero y neón se alzaban y caían como monumentos a la ambición, monumentos que él había ayudado a construir. A sus treinta y cinco años, Alex era la definición del éxito moderno: un multimillonario tecnológico hecho a sí mismo, celebrado en revistas, envidiado en salas de juntas, rodeado de lujos que la mayoría solo veía en pantallas. Y, sin embargo, bajo los trajes a medida y los vuelos privados, había un vacío que ya no podía ignorar.
Esa noche, el silencio se apoderó de él con más fuerza que de costumbre. Un whisky escocés excepcional, más viejo que el de muchos de sus empleados, permanecía intacto en su mano. No logró apagar el recuerdo que había resurgido sin invitación: Sofía. La mujer de sus años universitarios. La única persona que lo había conocido antes del dinero, antes de los titulares, antes de que la ambición se convirtiera en obsesión. Habían pasado cinco años desde que se marchó, convenciéndose a sí mismo de que el sacrificio era el precio de la grandeza.
"Diecisiete en Magnolia Street", dijo de repente, con la voz ronca, sobresaltándose incluso a sí mismo.
El conductor lo miró por el retrovisor, sorprendido pero profesional, y no dijo nada. El coche obedeció, deslizándose lejos de las torres de cristal hacia calles más tranquilas donde la ambición no rugía, sino que persistía.
Al entrar el Rolls-Royce en el antiguo barrio, el contraste se sintió casi cruel. Calles estrechas, casas modestas, luces de porche brillando tenuemente. Este era un lugar que Alex había intentado borrar, porque era más fácil dejar atrás los recuerdos que afrontarlos. Sintió una opresión en el pecho cuando el coche aminoró la marcha frente a una pequeña casa de dos plantas, con un jardín cuidado con esmero, no con dinero. Parecía inalterado, como si el tiempo se hubiera negado cortésmente a intervenir.
Alex salió solo, despidiendo al conductor con la mano. El aire se sentía diferente allí: más fresco, más cargado de significado. Cada paso por el sendero de piedra resonaba con más fuerza de la debida. La puerta, desgastada y familiar, se interponía entre quien se había convertido y quien una vez fue.
Tocó el timbre.
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