El heredero secreto tras la millonaria deuda del corazón del magnate

En una mesita auxiliar, junto a una lámpara de lectura y una maceta con una orquídea morada, había una fotografía enmarcada.
Una foto reciente. En ella, sonriendo con una inocencia cautivadora, estaban Sofía… y un niño. Un niño de unos cuatro o cinco años, con el pelo castaño despeinado y brillantes ojos azules.

El mundo de Alex se detuvo. Su corazón, que ya latía con fuerza, dio un vuelco doloroso y se detuvo por completo. Esos ojos. Eran inconfundibles. Idénticos a los suyos, del mismo azul intenso, la misma forma almendrada. Se le cortó la respiración. Sintió un escalofrío gélido recorrerle la espalda, a pesar del calor de la habitación.

Se giró lentamente hacia Sofía, que regresaba con el vaso de agua en la mano. Tenía el rostro pálido, la boca seca, la mirada fija en la fotografía, luego en ella. Sofía lo observaba con una expresión indescifrable, una mezcla de dolor, resignación y una verdad silenciosa que no necesitaba palabras. La jarra de agua se le resbaló de las manos, rompiéndose en mil pedazos en el suelo, pero ninguno de los dos pareció darse cuenta. El niño de la fotografía era su hijo.

Alex se quedó paralizado, incapaz de apartar la mirada de Sofía. El silencio era ensordecedor, roto solo por el goteo del agua que escapaba de los fragmentos de la jarra. Su mente corría, procesando la imagen del niño, sus rasgos innegables, la verdad que Sofía le transmitía sin una sola palabra. La realidad lo golpeó como un tren de carga. No era solo su hijo; era el hijo que no sabía que tenía, el heredero de una parte de su vida que...

lo había ignorado por completo.

"¿Quién... quién es, Sofía?", preguntó Alex finalmente, con una voz apenas áspera e irreconocible. Señaló la fotografía con mano temblorosa.

Sofía se agachó lentamente para recoger los fragmentos de vidrio, de espaldas a él. Sus movimientos eran lentos, pausados, como si cada acción requiriera un esfuerzo inmenso. "Se llama Daniel", respondió con voz apagada. "Tiene cinco años".

Alex sintió un nudo en el estómago. Cinco años. Eso significaba que había sido concebido justo antes de dejarla, justo cuando su empresa empezaba a despegar y se había convencido de que no tenía tiempo para relaciones, de que Sofía era una "distracción" en su camino a la cima. La culpa lo ahogaba.

"¿Es... es mío?", la pregunta se le escapó de los labios antes de que él pudiera detenerla, aunque la respuesta ya estaba grabada a fuego en su corazón.

Sofía se enderezó, con la mirada fija en él, sin un atisbo de vacilación. “Sí, Alex. Es tuyo.” Su mirada era una mezcla de resentimiento y una profunda tristeza que le partió el corazón. “Es nuestro hijo.”

Se tambaleó, recostándose en el sofá. “Pero… ¿por qué? ¿Por qué no me dijiste nada? ¿Por qué lo mantuviste en secreto?” La indignación se mezclaba con la conmoción, un mecanismo de defensa para evitar sucumbir a la avalancha de emociones.

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