“¿Te diré algo, Alex?”, respondió Sofía con una risa amarga y hueca.
“Cuando te dije que creía estar embarazada, ¿qué dijiste? ¿Recuerdas tus palabras exactas? “Sofía, esto es una distracción. No tengo tiempo para esto. Mi futuro está en la empresa, no en pañales y biberones. Si es cierto, arréglalo.” ¿Recuerdas eso, Alex? ¿O tu memoria solo retiene los éxitos y los millones?”
Las palabras de Sofía lo golpearon como dagas. Cada frase era un eco de su propia crueldad, su egoísmo. Había borrado esa conversación de su memoria, justificándola como la "decisión necesaria" para su éxito. Ahora, la cruda realidad lo confrontaba en la forma de un niño inocente y una mujer herida.
"Yo... yo no quise decir eso", balbuceó Alex, sintiendo sudor frío en la frente. "Estaba bajo mucha presión. Era joven, estúpido".
"No eras estúpido, Alex. Eras ambicioso. Y egoísta", lo corrigió Sofía, con una firmeza que él recordaba bien. "Cuando confirmaron el embarazo, y después de tu reacción, decidí que no te necesitaba. Que Daniel no te necesitaba. No quería que creciera con un padre ausente, o peor aún, con un padre que lo viera como una carga. No quería que supiera que su padre lo había rechazado incluso antes de nacer".
Alex sintió un dolor agudo en el pecho, un dolor que el dinero jamás podría curar. "Pero podrías haberme buscado más tarde. Cuando las cosas se calmaron. Cuando mi empresa despegó".
“¿Y para qué, Alex?” Sofía arqueó una ceja, desafiante. “¿Para que vieras que no era una carga? ¿Para que me ofrecieras una pensión alimenticia para tranquilizar tu conciencia? No, gracias. Siempre he podido cuidar de mí misma y de Daniel. Trabajé duro, tuve dos trabajos, a veces tres. Mi madre me ayudó. A Daniel nunca le ha faltado amor ni lo básico.” Su mirada se suavizó al mencionar a su hijo. “Es un niño feliz, Alex. Inteligente, lleno de vida. Nunca le ha faltado nada esencial.”
Alex permaneció en silencio, asimilando la magnitud de su error. Había pasado cinco años construyendo un imperio, amasando fortuna, mientras Sofía, la mujer a la que una vez amó, luchaba por criar a su hijo —su hijo— en la pobreza. La imagen de su mansión vacía y esta pequeña casa rebosante de vida contrastaban marcadamente.
“Quiero conocerlo”, dijo Alex con firmeza, levantando la vista para encontrarse con la mirada de Sofía. “Quiero formar parte de su vida.”
Sofía lo miró con escepticismo. Después de cinco años, ¿de repente has desarrollado un instinto paternal? ¿O el millonario descubrió que tiene un heredero y ahora quiere reclamarlo? Su tono era mordaz.
"No se trata del dinero, Sofía", respondió Alex, intentando sonar convincente, aunque una parte de él se preguntaba si su subconsciente había influido en la repentina necesidad de volver. "Es por Daniel. Es mi hijo. Y por ti. Lo siento. Siento mucho lo que hice, lo que dije. Fui una cobarde. Pero quiero enmendarlo. Quiero compensarte por todo".
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