El heredero secreto tras la millonaria deuda del corazón del magnate

"¿Estás segura, Sofía?", preguntó Alex, con la voz teñida de incredulidad y creciente horror. "Nunca... nunca autorizaría algo así contra ti o tu familia".

Sofía lo miró con una mezcla de lástima y escepticismo. "Tengo la copia, Alex". Firmado por tu bufete, con tu nombre en el encabezado. Miguel intentó hablar contigo por mi bien, porque estaba preocupado por mí y el bebé. Y recibió esa amenaza legal. ¿Crees que me habría expuesto a tu desprecio de nuevo después de eso?

A Alex le hirvió la sangre. Lo habían manipulado, o al menos habían traicionado su confianza. Su abogado principal en ese momento, un hombre llamado Richard Sterling, siempre había sido demasiado protector de su reputación. Era evidente que Sterling había actuado por su cuenta, interpretando las órdenes de Alex de "eliminar distracciones" de la manera más fría y despiadada posible. La deuda que tenía no era solo por su propio egoísmo, sino también por la crueldad que su éxito le había permitido.

"Sofía, te juro por mi vida que no sabía nada de esa carta", dijo Alex, con una convicción que Sofía no había oído en años. "Richard Sterling... se suponía que debía 'proteger' mi imagen. Pero esto... esto es inaceptable". Sacó su teléfono. "Voy a llamarlo ahora mismo. Y te aseguro que él pagará por esto".

Sofía lo detuvo con una mano. "No. Ahora no, Alex. Daniel está a punto de llegar de la guardería. No quiero que nos vea así. Y no quiero que vea a una extraña en casa".

Alex bajó el teléfono, con la furia contenida por el respeto hacia Daniel. "Tienes razón.
Pero te prometo que esto no terminará aquí. Y quiero que sepas que lo siento muchísimo. Más de lo que las palabras pueden expresar. No solo por el embarazo, sino por cómo te traté, por cómo dejé que mi ambición me cegara. Y por esta carta. Haré que Sterling se arrepienta de haber cruzado esa línea".

En ese momento, la puerta principal se abrió y una vocecita susurró: "¡Mami, ya estoy en casa!".

Daniel entró corriendo, con una mochila de dinosaurio colgada del hombro y sus ojos azules brillando de alegría. Se detuvo en seco al ver a Alex. Su sonrisa se desvaneció, reemplazada por una cautelosa curiosidad.

"Hola, campeón", dijo Sofía, agachándose para abrazarlo. "Mira, cariño, este es un amigo de mamá. Se llama Alex".

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