EL HIJO DEL MILLONARIO ERA CIEGO, HASTA QUE UNA ANCIANA FROTÓ SUS OJOS Y SUCEDIÓ ALGO IMPOSIBLE…

La oscuridad está cediendo.” El millonario levantó la mirada, sus ojos duros brillando con una mezcla de rabia y miedo. “Si esto resulta ser una mentira, juro que se arrepentirá.” La anciana sostuvo su mirada sin temor. Y si resulta ser verdad, señor, será usted quien deba arrepentirse por haber negado la luz tanto tiempo. Esa noche, mientras Alejandro bebía en soledad intentando acallar su tormenta, Gabriel dormía profundamente con una sonrisa en el rostro. En sus sueños ya no había solo sombras, había destellos, colores, formas que empezaban a nacer.

Y junto a su cama, doña Emilia rezaba en silencio, convencida de que lo imposible estaba apenas comenzando. El sol de la mañana bañaba la mansión Montenegro con un resplandor tibio. En el jardín, los empleados trabajaban con rutina, pero sus miradas se desviaban una y otra vez hacia un mismo lugar, el banco de piedra donde Gabriel se sentaba cada tarde. Ese día, sin embargo, no estaba inmóvil ni esperando la voz de doña Emilia. Estaba de pie, con los ojos entrecerrados, girando la cabeza hacia un árbol cercano.

“Allí”, gritó emocionado. “veo algo alto, grande. Es un árbol.” Las sirvientas se taparon la boca con las manos. El jardinero dejó caer sus tijeras. Doña Emilia, de pie junto a él, lo alentaba con calma. Sí, hijo, describe lo que sientes. Es marrón abajo y verde arriba, ¿verdad?, preguntó con voz entrecortada. Así es, respondió la anciana con lágrimas en los ojos. Acabas de describir un árbol. El murmullo de asombro se extendió entre los presentes. Por primera vez, la mansión fue testigo de que no eran imaginaciones.

Gabriel estaba viendo. La noticia corrió como pólvora. En la cocina, las empleadas repetían lo sucedido. El niño reconoció un árbol. ¿Te imaginas? Después de 8 años y todo desde que esa vieja lo toca. En los pasillos los guardias cuchicheaban. Si esto es cierto, el señor Montenegro no tendrá más remedio que aceptarlo. Pero Alejandro no quería escucharlo. Encerrado en su despacho, con un vaso de whisky en la mano, golpeaba el escritorio con furia. No puede ser. Es imposible.

Esa tarde reunió a un nuevo grupo de médicos en la sala principal. Los especialistas revisaron a Gabriel durante horas. Linternas, exámenes, pruebas con colores y objetos. El niño paciente respondía a cada estímulo. Eso es azul. Veo un destello rojo. Esa forma es cuadrada. Los doctores intercambiaron miradas perplejas. Finalmente, uno de ellos habló. Señor Montenegro, esto es inusual. No hay registro médico que explique esta recuperación. Alejandro golpeó la mesa. Quiero respuestas científicas. No titubeos. El doctor tragó saliva.

La única respuesta que tenemos es la más difícil. Su hijo está recuperando la vista contra todo pronóstico. Las palabras cayeron como piedras en la mente de Alejandro. El salón quedó en silencio. Gabriel, en cambio, sonrió y corrió hacia doña Emilia, que observaba desde el fondo. Señora Emilia, escuchó lo que dijeron. Estoy viendo. La anciana lo abrazó emocionada. Sí, hijo. La luz está entrando poco a poco. Los médicos miraban la escena con desconcierto, incapaces de negar lo evidente.

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