Esa mujer está confundiendo a mi hijo. Si sigue aquí, lo perderé. El mayordomo asintió, aunque en su interior sabía que aquella decisión traería consecuencias. Cuando Gabriel se enteró, corrió desesperado hacia el jardín, donde doña Emilia barría hojas secas. “No te vayas, por favor!”, gritó entre soyozos. Si papá te despide, me iré contigo. La anciana lo tomó entre sus brazos intentando calmarlo. Hijo, no llores. Nadie puede separarnos mientras tu corazón me busque. Pero papá tiene el poder, siempre gana.
Emilia lo miró con dulzura. El poder más grande no está en el dinero, Gabriel, sino en la verdad. Y la verdad ya está brillando en tus ojos. Esa misma tarde ocurrió algo que dejó a todos sin aliento. Gabriel estaba en el comedor con varios de los empleados alrededor. De pronto, frunció el ceño, miró hacia el centro de la mesa y dijo con voz clara, “Ese florero tiene flores amarillas.” Las sirvientas se miraron unas a otras, incrédulas. Una de ellas corrió a comprobarlo.
Efectivamente, eran flores amarillas, brillantes como el sol. Lo vio, gritó una llevándose las manos al rostro. El niño las vio de verdad, repitió otra llorando de emoción. El murmullo creció como un coro de esperanza. Cuando Alejandro entró en la sala, se encontró con un cuadro imposible, su hijo de pie, sonriendo, describiendo los colores de las flores que jamás había visto en su vida. El millonario sintió que el suelo se abría bajo sus pies. ¿Qué? ¿Qué dijiste?, preguntó con la voz temblorosa.
Que son amarillas, papá, repitió Gabriel orgulloso. Y lo sé porque las vi. Los empleados estallaron en aplausos y lágrimas. Alejandro, sin saber qué hacer, se giró hacia doña Emilia, que observaba en silencio desde la esquina. Sus miradas se cruzaron, la suya, cargada de furia y desconcierto, la de ella, llena de calma y certeza. Esto es obra suya. la acusó. Usted lo está manipulando. Emilia dio un paso al frente sin miedo. Yo no manipulo nada, solo lo acompaño.
Pero usted puede seguir negando lo que es evidente. Gabriel corrió hacia ella y la abrazó con fuerza. No dejes que se vaya, papá. Ella me dio la luz que tú no pudiste. El silencio en el comedor fue sepulcral. Alejandro sintió que su orgullo se resquebrajaba. No podía seguir mintiéndose. El milagro estaba ocurriendo frente a todos. Pero admitirlo significaba aceptar que su dinero no había comprado lo que tanto deseaba. Esa noche, encerrado en su despacho, Alejandro caminaba de un lado a otro como un león enjaulado.
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