Miraba los contratos, las facturas de hospitales, los informes médicos. Todo parecía inútil frente a la verdad de los ojos de su hijo. Se dejó caer en el sillón derrotado. ¿Qué me queda entonces? Murmuró. Dejar que una anciana me enseñe que soy impotente. Mientras tanto, en la habitación de Gabriel, doña Emilia rezaba en silencio, agradeciendo el nuevo paso. El niño dormía tranquilo, con los ojos entreabiertos, como si incluso en sueños la luz se empeñara en entrar. El intento de Alejandro por separar a la anciana había fracasado porque ya no era el quien tenía el control.
Era la verdad que poco a poco se hacía imposible de ocultar. La mansión Montenegro vivía días de asombro. Lo que semanas atrás parecía imposible, ahora se comentaba en cada pasillo. El niño está viendo. Algunos empleados lo celebraban en secreto, otros temían la reacción de Alejandro, pero todos sabían que cada nuevo destello en los ojos de Gabriel era una victoria contra la oscuridad. Una tarde, mientras los rayos del sol entraban a través de los ventanales del salón principal, Gabriel jugaba con doña Emilia.
Ella sostenía una pelota roja y con voz dulce le preguntaba, “¿De qué color es esto, hijo?” Gabriel entornó los ojos forzándolos. Es rojo. Lo sé porque brilla distinto al verde del jardín. La anciana lo abrazó con orgullo. Exacto. El niño reía feliz, sin saber que Alejandro observaba desde la puerta con el corazón apretado por emociones que no quería admitir. Ese mismo día ocurrió lo inesperado. Gabriel escuchó los pasos firmes de su padre entrando al salón. Se giró hacia él entrecerrando los ojos y después de un silencio tembloroso murmuró, “Papá, ¿puedo verte?” El millonario se quedó de piedra.
¿Qué? ¿Qué dijiste? Gabriel avanzó tambaleante hasta quedar frente a él. Le tocó el rostro con ambas manos, con lágrimas en los ojos susurró, “Tu cabello es oscuro, tus cejas son gruesas y tu boca parece enojada. El silencio fue absoluto. Todos los presentes contuvieron el aliento. Alejandro, conmovido hasta los huesos, apenas pudo articular palabra. “¿De verdad me ves?” “Sí, papá”, respondió el niño. “Puedo verte, aunque un poco borroso, pero eres tú.” El millonario sintió que el mundo se desmoronaba bajo sus pies.
Por primera vez en 8 años su hijo lo estaba mirando. Sus ojos, que había aprendido a creer muertos, ahora lo reconocían. Quiso sonreír, pero lo único que pudo hacer fue abrazar a Gabriel con fuerza, como si temiera que se desvaneciera. Las lágrimas que siempre había reprimido corrieron por su rostro endurecido. Hijo mío. Los empleados conmovidos se secaron las lágrimas en silencio. Doña Emilia, de pie a un lado, observaba la escena con humildad, sus manos entrelazadas en el delantal.
Sabía que no era momento de hablar. Aquella reconciliación era entre padre e hijo, pero en su interior agradecía al cielo por haberle permitido ser puente de ese instante. Esa noche la mansión no hablaba de otra cosa. El niño reconoció a su padre. Lo miró de verdad. ¿Y qué dirá ahora el señor montenegro? Alejandro, sin embargo, no encontraba paz. Encerrado en su despacho, caminaba de un lado a otro recordando las palabras de Gabriel. Papá, ¿puedo verte? Se sirvió un vaso de whisky, pero lo dejó intacto sobre la mesa.
Por primera vez en años, el alcohol no podía apagar lo que sentía. En su mente luchaban dos voces. La primera, la del orgullo. Esto no puede ser obra de una anciana. Es gracias a los médicos, a tu dinero, a tu poder. Nadie puede arrebatarte ese mérito. La segunda, más suave, pero más verdadera, era la voz de su corazón. Ella le dio lo que tú no supiste. Fe, paciencia, amor. Tú solo buscaste soluciones con billetes. Ella le devolvió la esperanza.
Alejandro apretó los puños dividido entre aceptar o negar. Al día siguiente, en el desayuno, Gabriel volvió a sorprender a todos. “Papá, tu traje es negro”, dijo con timidez y tu corbata es azul. El millonario casi dejó caer el tenedor. Era cierto. Su hijo estaba viendo colores con una precisión que ningún médico había podido soñar. Los socios, invitados a la mesa, quedaron boquiabiertos. Uno de ellos comentó en voz baja, esto no tiene explicación científica. Alejandro sintió la mirada de todo sobre él.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
