EL HIJO DEL MILLONARIO ERA CIEGO, HASTA QUE UNA ANCIANA FROTÓ SUS OJOS Y SUCEDIÓ ALGO IMPOSIBLE…

Aceptar la verdad lo salvaría. negarla lo condenaría para siempre. Y en ese dilema, Alejandro Montenegro se preparaba para enfrentar el final de la historia que cambiaría no solo los ojos de su hijo, sino también su propio corazón. La mañana amaneció clara sobre la mansión Montenegro. El cielo, azul y sin nubes, parecía un espejo limpio después de una tormenta. Era como si el universo mismo anunciara que algo grande estaba por suceder. En el interior de la mansión, Gabriel se levantó con una sonrisa distinta.

Sus pasos eran más seguros que nunca. Sus ojos brillaban con una mezcla de ansiedad y esperanza. Doña Emilia lo esperaba en el jardín con su bolso de tela entre las manos. Alejandro observaba desde el balcón. Había pasado la noche en vela pensando en lo que su hijo le había dicho. Sin ella todo vuelve a ser oscuro. Esas palabras lo habían atravesado como cuchillos porque eran la verdad, una verdad que ya no podía negar. En el jardín, Gabriel corrió hacia la anciana y se aferró a ella.

Hoy lo siento, señora Emilia. Siento que algo grande va a pasar. La anciana acarició sus mejillas. Sí, hijo. Hoy tus ojos terminarán de abrirse no solo a la luz, sino también al amor. Sacó de su bolso el pequeño frasco de unento que había usado semanas atrás. El aroma a hierbas inundó el aire. Alejandro, que había bajado y se acercaba con paso lento, frunció el ceño. Otra vez con tus brevajes, dijo con voz dura, aunque ya no tenía la fuerza del desprecio, sino la del miedo.

Doña Emilia lo miró con serenidad. No es el ungüento, señor Montenegro, es la fe. El niño ya tiene lo más importante, confianza en sí mismo. Yo solo voy a acompañarlo en este último paso. Gabriel se sentó en el banco de piedra. La anciana hundió sus dedos arrugados en el unüento y comenzó a frotar suavemente sus párpados mientras murmuraba oraciones antiguas. El silencio era absoluto. Los empleados, los guardias y hasta los socios que habían sido convocados esa mañana observaban expectantes.

De pronto, Gabriel abrió los ojos de par en par. Un grito de sorpresa escapó de su boca. Lo veo. Lo veo todo. El jardín estalló en exclamaciones. El niño comenzó a describirlo todo entre risas y lágrimas. El cielo es azul, tan azul. Las flores son rojas y amarillas, la hierba es verde brillante. Y tú, papá, puedo ver tu cara clara, nítida. Alejandro quedó paralizado. Su hijo lo miraba con unos ojos llenos de luz, los mismos ojos que había creído condenados para siempre a la oscuridad.

Gabriel corrió tambaleante hacia él y lo abrazó. Papá, ahora sí te conozco de verdad. Alejandro, roto por dentro, lo apretó contra su pecho. Las lágrimas que llevaba años reprimiendo brotaron sin control. Hijo mío, perdóname. Perdóname por no haber creído, por haber negado la verdad. Todos los presentes lloraban o aplaudían. Era un momento imposible de ocultar. El niño Montenegro había recuperado la vista. Alejandro se giró hacia doña Emilia. Durante semanas había querido expulsarla, humillarla, incluso destruirla, pero en ese instante cayó de rodillas ante ella.

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