EL HIJO DEL MILLONARIO ERA CIEGO, HASTA QUE UNA ANCIANA FROTÓ SUS OJOS Y SUCEDIÓ ALGO IMPOSIBLE…

“Gracias”, murmuró con la voz quebrada. “Usted le devolvió la luz a mi hijo y me la devolvió a mí.” La anciana lo ayudó a levantarse con ternura. No me agradezca a mí, señor. Agradezca al corazón de su hijo, que nunca dejó de buscar la esperanza. Ese mismo día, Alejandro convocó a toda la mansión, socios incluidos, en el salón principal. Se puso de pie frente a todos, con Gabriel a su lado y doña Emilia un paso detrás. Su voz retumbó con solemnidad.

Durante años creí que el dinero podía comprarlo todo. Llené mi vida de médicos, contratos y poder. Pero la luz que hoy brilla en los ojos de mi hijo no se debe a mí. se debe a la fe, a la paciencia y al amor de una mujer humilde a la que desprecié. Se giró hacia doña Emilia y la señaló con orgullo, de ahora en adelante, esta casa será también suya, porque usted no solo curó a mi hijo, también me enseñó lo que significa ser padre.

Los presentes estallaron en aplausos y lágrimas. Esa tarde, por primera vez en su vida, Gabriel corrió libremente por el jardín, riendo, tocando las flores, mirando al cielo. Alejandro lo seguía con la mirada, incrédulo, pero feliz. Doña Emilia lo observaba con una sonrisa tranquila, como quien sabe que su misión había sido cumplida. El niño levantó los brazos al cielo y gritó con todas sus fuerzas. Puedo ver, puedo ver. Y el eco de su voz se mezcló con el canto de los pájaros como un himno de victoria contra la oscuridad.

Esa noche, en la mansión ya iluminada no solo por lámparas, sino por esperanza, Alejandro se acercó a doña Emilia. No sé cómo pagarle lo que ha hecho. La anciana lo miró con ternura. No necesita pagarme nada. Lo único que quiero es que nunca olvide que lo imposible se vence con amor. Alejandro bajó la cabeza emocionado. Por primera vez en su vida, el millonario Montenegro se inclinaba con humildad ante alguien. El tiempo pasó y la historia del niño que recuperó la vista gracias a una anciana humilde se convirtió en leyenda.

Pero para Alejandro y Gabriel no era leyenda. Era la prueba viva de que la riqueza no está en el oro ni en el poder, sino en la fe, la paciencia y el amor verdadero. Y así el niño que había nacido en la oscuridad terminó viendo la luz no solo en el mundo, sino en los ojos de su padre y en las manos arrugadas de aquella mujer que cambió sus vidas para siempre.

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