EL HIJO DEL MILLONARIO ERA CIEGO, HASTA QUE UNA ANCIANA FROTÓ SUS OJOS Y SUCEDIÓ ALGO IMPOSIBLE…

El reloj marcaba las 7 de la mañana cuando un coche viejo, casi tan gastado como sus años, se detuvo frente a la reja de la mansión Montenegro. De él bajó una mujer encorbada con cabello gris recogido en un moño sencillo, manos arrugadas y mirada serena. Llevaba un bolso de tela desgastado colgado del brazo y unos zapatos que parecían haber recorrido más caminos de los que cualquiera podría contar. Su nombre era doña Emilia. Había sido contratada como limpiadora a través de una agencia que apenas sabía quién era.

Para la administración de la mansión no era más que otra empleada temporal. Pero nadie sospechaba que con ella también llegaba algo más, un aire distinto, una presencia capaz de alterar silenciosamente el destino de quienes habitaban aquella casa. El mayordomo la recibió con desdén. “Usted es la nueva”, dijo revisando una libreta. “Tendrá a cargo la limpieza de los pasillos secundarios y el ala este. No se meta en donde no la llamen.” Doña Emilia asintió con humildad. No se preocupe, hijo.

Haré lo que tenga que hacer, nada más. Las demás sirvientas la observaron de reojo. Algunas sonrieron con sorna. ¿Viste? Otra vieja que viene a ganarse unas monedas. Seguro no dura ni una semana. La anciana no respondió, solo apretó el bolso contra su pecho y comenzó a caminar por los pasillos. Mientras tanto, en el jardín trasero, Gabriel estaba sentado en un banco de piedra con el rostro levantado hacia el sol. Sus manos acariciaban el aire como si intentara atrapar la luz que no podía ver.

Aquel era su refugio, el rincón donde imaginaba colores y paisajes a partir de los sonidos de los pájaros y el olor de las flores. Fue allí donde escuchó por primera vez la voz de doña Emilia. Hermoso el día, ¿verdad, niño? Gabriel giró la cabeza hacia la dirección del sonido. ¿Quién está ahí? Solo una vieja que limpia pisos, respondió ella con dulzura. ¿Y tú quién eres? El niño sonrió tímidamente. Soy Gabriel. Vivo aquí, pero no veo nada. Doña Emilia se acercó despacio, sin miedo ni compasión.

Eso no significa que no sientas. Y a veces, hijo, sentir es más importante que ver. Gabriel se quedó en silencio. Estaba acostumbrado a escuchar frases de lástima, palabras huecas de doctores, pero nunca algo así. ¿Y cómo sabe usted cómo se siente no ver? Preguntó con cautela. La anciana se sentó a su lado en el banco de piedra. Porque yo también viví en la oscuridad una vez, no en los ojos, sino en el corazón. Gabriel frunció el ceño intrigado.

¿Y cómo salió? Doña Emilia sonrió mostrando unas arrugas que parecían mapas de sabiduría. Aprendí a escuchar al mundo. El viento, los árboles, las voces y un día la luz volvió a mí. El niño, que siempre había sido desconfiado con extraños, sintió algo diferente. No era lástima lo que salía de la voz de aquella mujer, sino comprensión. ¿Me podría enseñar a escuchar como usted?”, preguntó ilusionado. “Claro que sí”, respondió Emilia. “Cierra los ojos, aunque ya los tengas cerrados, y dime, ¿qué escuchas ahora?” Gabriel obedeció.

El canto de un pájaro, el murmullo de las hojas movidas por el viento, el crujir de la grava bajo los pasos de alguien lejano. Escucho muchas cosas, dijo sorprendido. Entonces, ya tienes la mitad del camino, respondió la anciana con ternura. En el balcón de la mansión, dos sirvientas observaban la escena. Mira la vieja hablando con el niño. Va, que no se encariñe mucho. Don Alejandro no permite que nadie se acerque demasiado a él. Pero Gabriel no quería apartarse.

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