Había sentido más calidez en 10 minutos con aquella anciana que en todos los años de visitas de doctores. ¿Vendrá mañana también?, preguntó con voz esperanzada. Claro que sí, hijo. Si Dios me da fuerzas, limpiaré esta mansión todos los días. Y mientras tanto, si me lo permites, puedo acompañarte. Gabriel sonrió como hacía mucho tiempo no lo hacía. Entonces, mañana quiero seguir escuchando. Esa tarde, cuando Alejandro Montenegro regresó de sus negocios, vio a su hijo riendo en el jardín.
Hacía años que no lo veía así. ¿Qué te pasa, hijo? ¿Por qué estás tan contento? Gabriel respondió con inocencia. Conocí a una señora que me enseñó a escuchar el mundo. Alejandro arqueó una ceja incrédulo. Una limpiadora. Bufó con desdén. No llenes tu cabeza con tonterías. Esa gente no sabe nada de la vida. Pero en su interior, el millonario no pudo ignorar que la risa de su hijo había regresado gracias a alguien a quien él ni siquiera consideraba digna de mirar.
Lo que no sabía era que aquella anciana, con sus manos arrugadas, estaba destinada a desafiar lo imposible. El sol de la mañana entraba por los ventanales altos de la mansión Montenegro, iluminando los pasillos de mármol como un templo de riqueza. Los criados corrían de un lado a otro organizando la jornada. En medio del ajetreo, doña Emilia avanzaba con su balde y su trapo, ignorando las miradas de burla que la seguían como sombras. Mírala, parece una abuela salida de una aldea”, murmuró una cocinera.
“No durará ni una semana, ya lo verás. Esa escoba pesa más que ella”, respondió otra provocando carcajadas. La anciana sonrió con serenidad. No estaba allí para agradar a nadie, solo para ganarse un sustento, sin proponérselo, cumplir un destino que ni ella sospechaba. Mientras tanto, en el jardín Gabriel esperaba ansioso. Había pasado la noche en vela recordando la voz de aquella mujer que le había enseñado a escuchar el mundo. Nunca antes alguien le había hablado así, sin compasión ni falsas promesas.
Cuando oyó el arrastre del balde y el golpeteo de los zapatos gastados en la grava, sonríó. Señora Emilia. La anciana se detuvo sorprendida. Vaya, hijo, ¿ya estabas esperando? Sí, ayer me dijo que me enseñaría más cosas. Doña Emilia dejó el balde a un lado, se acomodó en el banco de piedra junto a él y le acarició suavemente la mano. Muy bien, hoy aprenderemos a reconocer el mundo con la piel. Sacó de su bolso de tela un limón, una ramita de lavanda y un trozo de corteza de árbol.
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