EL HIJO DEL MILLONARIO ERA CIEGO, HASTA QUE UNA ANCIANA FROTÓ SUS OJOS Y SUCEDIÓ ALGO IMPOSIBLE…

Cada vez que doña Emilia pasaba con su balde y su trapo, los empleados contenían la risa. “Mírala, la maestra de aromas”, decía una mucama imitando como Gabriel olía flores y frutas bajo la guía de la anciana. Yo digo que la vieja le está llenando la cabeza de tonterías. ¿Qué puede enseñarle una limpiadora? Añadía un jardinero. Las risas se multiplicaban rebotando en las paredes de mármol. Doña Emilia no respondía. Caminaba despacio con la serenidad de quien sabe que la verdad no necesita defenderse a gritos.

Gabriel, en cambio, esperaba cada día con impaciencia. ¿Qué aprenderemos hoy, señora Emilia?, preguntaba con ilusión. La anciana sacaba de su bolso objetos sencillos, una piedra lisa, un puñado de tierra húmeda, un trozo de pan recién horneado. Hoy aprenderás que cada cosa guarda un secreto. La piedra te enseña paciencia, la tierra, vida y el pan, calor. El niño sonreía, acariciaba, olía, probaba. Por primera vez en años su mundo oscuro empezaba a llenarse de sensaciones que lo hacían vibrar.

Pero aquella complicidad no pasó desapercibida. Una tarde, Alejandro Montenegro observó desde lejos como su hijo reía mientras doña Emilia le contaba historias. Su ceño se frunció. “Basta”, murmuró con rabia contenida. “No permitiré que una limpiadora reemplace a los médicos. ” Esa misma noche, durante la cena, Alejandro habló con voz dura. Gabriel, ya basta de perder el tiempo con esa mujer. Ella está aquí para limpiar, no para enseñarte nada. El niño bajó la cabeza, pero luego, con valor respondió, “Papá, contigo vienen doctores que me ponen agujas, me hacen preguntas y después me dicen que no hay solución.

Ella no me cura, pero me hace sentir feliz. ¿Por qué no puedo verla?” El silencio se volvió insoportable. Los socios de Alejandro presentes en la mesa se miraron incómodos, pero el millonario golpeó el vaso contra la mesa y sentenció, “Porque yo lo digo.” Al día siguiente, Alejandro ordenó al mayordomo que esa anciana no vuelva a acercarse al niño. Si desobedece, despídela. El mayordomo asintió con frialdad. Sí, señor Montenegro. Gabriel lo supo esa misma tarde. Esperó en el jardín, pero doña Emilia no apareció.

Esperó en la escalera, pero tampoco la escuchó pasar. Su corazón latía con ansiedad hasta que finalmente la oyó limpiar un pasillo cercano. “Señora Emilia!” gritó con desesperación. La anciana se detuvo, pero no se acercó. No debo, hijo. Me han prohibido estar contigo. Gabriel caminó a tientas, siguiendo su voz hasta llegar a ella. No me importa lo que digan, yo quiero que esté conmigo. Doña Emilia lo abrazó con ternura, pero sus ojos se llenaron de lágrimas. No quiero causarte problemas, Gabriel.

Usted no me causa problemas. Usted me da luz, aunque no pueda verla. Fue entonces cuando sucedió algo que nadie esperaba. Mientras la anciana acariciaba las mejillas del niño, él parpadeó varias veces. De pronto, con los ojos llenos de lágrimas, murmuró, “Señora Emilia, hay una luz.” La anciana lo miró sorprendida. “¿Qué dices, hijo? Una luz muy pequeña, como una chispa, pero la veo. Doña Emilia contuvo el aliento. Lo que los médicos habían negado durante años estaba ocurriendo frente a ella.

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