EL HIJO DEL MILLONARIO ERA CIEGO, HASTA QUeE UNA ANCIANA FROTÓ SUS OJOS Y SUCEDIÓ ALGO IMPOSIBLE…

“No llores, hijo. La verdad siempre encuentra su camino. Y pronto, muy pronto, tu padre también lo verá. ” Gabriel se abrazó a ella con fuerza, aferrándose a la única persona que creía en su milagro. En la oficina, Alejandro bebía whisky mirando por la ventana. La imagen de su hijo describiendo una nube y un jarrón azul lo perseguía. Por más que intentara negarlo, no podía borrar esa voz inocente diciendo, “Papá, yo sé lo que vi. ” Y en el fondo, aunque nunca lo admitiría, temía que la respuesta que había buscado en médicos y hospitales estuviera en realidad en las manos arrugadas de una anciana limpiadora.

Los días en la mansión Montenegro habían cambiado. Donde antes había silencio y tristeza en los pasillos, ahora se escuchaban risas tímidas, preguntas curiosas y pasos más seguros. Eran los pasos de Gabriel, que ya no caminaba con miedo, sino con una chispa de confianza. Doña Emilia se había convertido en su confidente, su maestra y, sobre todo, su consuelo. Cuando estaba con ella, el niño dejaba de sentirse un inválido y empezaba a sentirse vivo. Una tarde, mientras se encontraban en el jardín, Gabriel levantó la cara hacia el cielo y dijo con voz temblorosa, “Señora Emilia, veo algo otra vez.

un resplandor justo detrás de los árboles. La anciana lo tomó de la mano. Es el sol escondiéndose, hijo. Lo que ves es el atardecer. Gabriel sonró emocionado. Nunca había visto nada tan bonito, aunque solo sea una luz. Las lágrimas rodaron por las mejillas de la anciana. Para ella, aquello ya era un milagro. Pero en la mansión no todos compartían esa alegría. Las sirvientas murmuraban entre sí, ese niño solo se está haciendo ilusiones. La vieja lo está engañando con cuentos.

Y lo peor es que el señor Alejandro se enterará y no lo permitirá. Sus palabras eran cuchillos, pero Emilia no se dejaba intimidar. Sabía que la fe del niño necesitaba cuidado, como una semilla frágil que empezaba a brotar en tierra árida. Una noche, mientras Gabriel cenaba con su padre, ocurrió algo que nadie esperaba. El niño dejó la cuchara sobre el plato y dijo con firmeza, “Papá, hoy vi el color rojo en la bufanda de una de las mucamas.” Alejandro casi se atragantó con el vino.

Basta, Gabriel, no repitas esas fantasías frente a mí. No son fantasías, papá. Lo vi. El millonario golpeó la mesa con furia. Lo único que verás es la realidad. Eres ciego. Gabriel se quedó en silencio con los ojos llenos de lágrimas. Doña Emilia, que observaba desde la puerta, sintió que era el momento de actuar. No podía dejar que las palabras del padre apagaran la chispa de esperanza que había nacido en el niño. Al día siguiente, cuando encontró a Gabriel llorando en su habitación, sacó de su bolso un pequeño frasco de vidrio.

Dentro había unüento espeso de color ámbar, que despedía un aroma a hierbas y resina. Gabriel olfateó el aire, curioso. ¿Qué es eso? Es un remedio antiguo que me enseñó mi abuela, explicó Emilia. Ella lo usaba para aliviar los ojos cansados de los campesinos que pasaban días enteros bajo el sol. Nunca fallaba en dar consuelo y a veces más que eso. El niño parpadeó nervioso. ¿Usted cree que me pueda ayudar? La anciana acarició su rostro con ternura. No prometo milagros, hijo, pero sí te prometo que lo haré con amor y fe.

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