EL HIJO DEL MILLONARIO ERA CIEGO, HASTA QUeE UNA ANCIANA FROTÓ SUS OJOS Y SUCEDIÓ ALGO IMPOSIBLE…

Yo solo soy un niño que vive en la oscuridad.” En la mansión, los empleados comentaban entre murmullos. El señor Montenegro trae médicos como si fueran vendedores de feria. Y el pobre niño, siempre solo, siempre triste. Aquí hay oro en cada rincón, pero lo que falta es amor. Nadie se atrevía a decirlo en voz alta, pero todos lo sabían. Alejandro, con todo su dinero, era incapaz de darle a Gabriel lo único que realmente necesitaba. Una mañana, al ver a su hijo sentado en el jardín, con el rostro vuelto hacia el sol que no podía ver, Alejandro sintió una punzada en el pecho.

Por primera vez se preguntó si tanto dinero de verdad servía para algo, pero su orgullo hizo apartar ese pensamiento de inmediato. No lo lograré. Lo haré ver cueste lo que cueste. Se repitió como si al decirlo en voz alta pudiera convencer al destino. Lo que no sabía era que el destino ya había trazado su propio plan y la respuesta a su arrogancia no llegaría de un médico con títulos, sino de una anciana humilde que estaba a punto de entrar en la mansión.

El reloj marcaba las 7 de la mañana cuando un coche viejo, casi tan gastado como sus años, se detuvo frente a la reja de la mansión Montenegro. De él bajó una mujer encorbada con cabello gris recogido en un moño sencillo, manos arrugadas y mirada serena. Llevaba un bolso de tela desgastado colgado del brazo y unos zapatos que parecían haber recorrido más caminos de los que cualquiera podría contar. Su nombre era doña Emilia. Había sido contratada como limpiadora a través de una agencia que apenas sabía quién era.

Para la administración de la mansión no era más que otra empleada temporal. Pero nadie sospechaba que con ella también llegaba algo más, un aire distinto, una presencia capaz de alterar silenciosamente el destino de quienes habitaban aquella casa. El mayordomo la recibió con desdén. “Usted es la nueva”, dijo revisando una libreta. “Tendrá a cargo la limpieza de los pasillos secundarios y el ala este. No se meta en donde no la llamen.” Doña Emilia asintió con humildad. No se preocupe, hijo.

Haré lo que tenga que hacer, nada más. Las demás sirvientas la observaron de reojo. Algunas sonrieron con sorna. ¿Viste? Otra vieja que viene a ganarse unas monedas. Seguro no dura ni una semana. La anciana no respondió, solo apretó el bolso contra su pecho y comenzó a caminar por los pasillos. Mientras tanto, en el jardín trasero, Gabriel estaba sentado en un banco de piedra con el rostro levantado hacia el sol. Sus manos acariciaban el aire como si intentara atrapar la luz que no podía ver.

Aquel era su refugio, el rincón donde imaginaba colores y paisajes a partir de los sonidos de los pájaros y el olor de las flores. Fue allí donde escuchó por primera vez la voz de doña Emilia. Hermoso el día, ¿verdad, niño? Gabriel giró la cabeza hacia la dirección del sonido. ¿Quién está ahí? Solo una vieja que limpia pisos, respondió ella con dulzura. ¿Y tú quién eres? El niño sonrió tímidamente. Soy Gabriel. Vivo aquí, pero no veo nada. Doña Emilia se acercó despacio, sin miedo ni compasión.

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