EL HIJO DEL MILLONARIO ERA CIEGO, HASTA QUeE UNA ANCIANA FROTÓ SUS OJOS Y SUCEDIÓ ALGO IMPOSIBLE…

Cuando Alejandro regresó esa tarde, Gabriel corrió a recibirlo. Papá, hoy vi la escalera. El millonario lo miró con gesto severo. No digas disparates, hijo. Esos son ilusiones tuyas. No, papá, fue real. Pregúntale a las mucamas. Ellas lo vieron. Alejandro se giró hacia ellas y las mujeres, intimidadas bajaron la cabeza. “Quizás fue una casualidad, señor”, dijo una con voz temblorosa. El millonario chasqueó la lengua. Exacto. Casualidad, nada más. Gabriel bajó la mirada dolido. Esa noche, Alejandro convocó al mayordomo en su despacho.

Quiero que vigiles a esa anciana. Mi hijo dice que todo empezó desde que ella se le acercó. El mayordomo asintió. Y si realmente el niño mejora por su causa? Alejandro lo fulminó con la mirada. Imposible. Ninguna limpiadora puede lograr lo que los mejores médicos no. Pero en el fondo su voz ya no sonaba tan firme. Una grieta de duda comenzaba a abrirse en su orgullo. Los días siguientes trajeron más sorpresas. Gabriel comenzó a caminar con más seguridad por los pasillos, a distinguir la silueta de los árboles en el jardín, a notar cuando una luz fuerte entraba por la ventana.

Señora Emilia, siento que el sol está más cerca”, dijo un día mientras levantaba el rostro al cielo. “Eso significa que la oscuridad ya no es tan fuerte”, respondió la anciana. El niño reía, se movía con más confianza. La mansión entera comenzó a notar el cambio. Los rumores llegaron a los oídos de los socios de Alejandro. “Dicen que el niño está mejorando, ¿será cierto?” “Y que todo gracias a una limpiadora. ¡Qué vergüenza para Montenegro! El millonario furioso desmintió todo en público.

Mi hijo no mejora. Son cuentos de sirvientes. Pero en privado no podía ignorar lo que veía. El brillo en los ojos de Gabriel, sus pasos más firmes, sus risas más frecuentes. Una noche, Gabriel se acercó a su padre con voz temblorosa. Papá, no sé si me creerás, pero hoy vi una estrella, solo una, muy chiquita. Pero la vi. Alejandro sintió un escalofrío. Se quedó en silencio largo rato con el corazón golpeando en su pecho, pero luego, como siempre se refugió en su orgullo.

No te hagas ilusiones, hijo. Es mejor aceptar la realidad. Gabriel apretó los labios conteniendo las lágrimas. Desde la puerta, doña Emilia observaba la escena en silencio. Sabía que el millonario jamás aceptaría que un milagro pudiera venir de alguien humilde, pero en su interior estaba convencida de que lo imposible estaba a punto de suceder, porque la luz ya había comenzado a abrirse camino en los ojos del niño y nada ni nadie podría detenerla. La noticia corría por la mansión como fuego en la hierba seca.

El niño montenegro está cambiando. Unos decían que ahora podía caminar por los pasillos sin tropezar tanto. Otros juraban haberlo visto detenerse frente a una ventana como si reconociera la luz que entraba. Pero lo más sorprendente fue lo que ocurrió una mañana en el jardín. Gabriel estaba con doña Emilia, sentado en su banco de piedra favorito, cuando de pronto señaló hacia arriba con manos temblorosas. Señora Emilia, allá arriba hay algo. Una mancha blanca en el cielo azul. La anciana se estremeció.

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