¿Qué ves, hijo? No lo sé. Parece como algodón flotando. Doña Emilia sonrió con lágrimas en los ojos. Es una nube, Gabriel. ¿Has visto una nube? El niño comenzó a reír y a llorar al mismo tiempo, abrazándose al cuello de la anciana. La vi. La vi de verdad. Las sirvientas que observaban desde la distancia se quedaron boquiabiertas. Eso no es posible. Los médicos siempre dijeron que era incurable. Y sin embargo, el niño acaba de describir una nube. El rumor se esparció tan rápido que al final del día había llegado hasta Alejandro.
Furioso, el millonario llamó de inmediato a su médico de cabecera, el Dr. Hernández, un hombre de prestigio y modales fríos. Mi hijo asegura que ve cosas”, dijo Alejandro con tono incrédulo. “Quiero que lo examines y me digas la verdad.” El médico, con una sonrisa condescendiente respondió, “Señor Montenegro, los ciegos a veces inventan visiones. Es una ilusión psicológica, nada más. Pero las sirvientas dicen que describió una nube. ¿Cómo puede inventar algo que jamás ha visto?” El doctor titubeó un segundo, pero enseguida recuperó su aire de superioridad.
Será coincidencia. No alimente falsas esperanzas. Su hijo nunca verá. Aquella noche, Alejandro miraba a Gabriel dormir. El niño, abrazado a su osito, sonreía incluso dormido, como si soñara con aquel cielo que había empezado a vislumbrar. El millonario apretó los dientes. Sería posible que el niño realmente estuviera recuperando la vista. Y si era así, ¿qué papel jugaba esa anciana en todo aquello? Los días siguientes trajeron más señales. Gabriel comenzó a distinguir colores. Decía que el sol era amarillo cálido, que la hierba tenía un tono verde fresco y que el vestido de una de las mucamas era rojo como fuego.
Cada afirmación dejaba a todos sin palabras. Un día, mientras caminaba por el pasillo, Gabriel se detuvo de golpe y señaló hacia un jarrón. Eso, eso es azul, ¿verdad? La mucama asintió con lágrimas en los ojos. Sí, Gabriel, es azul. Doña Emilia, testigo de cada avance, sentía una mezcla de alegría y temor. Sabía que el millonario no soportaría aceptar que algo tan grande viniera de las manos de una mujer humilde. “Hijo,” le dijo una tarde, “lo que estás viviendo es un regalo, pero no todos lo entenderán.
Tienes que ser fuerte.” Gabriel, con su inocencia respondió, “No me importa si no me creen. Yo sé lo que siento y usted también lo sabe.” La tensión aumentó cuando Alejandro organizó otra reunión de médicos. Convocó a especialistas extranjeros pagando fortunas por su presencia. En el salón principal, los doctores se turnaban para revisar a Gabriel con linternas y aparatos. El niño, cansado, respondía a todo con paciencia. Veo luces, veo sombras y a veces colores. Los médicos intercambiaban miradas escépticas.
Finalmente, uno de ellos habló con tono categórico. Lo que describe es imposible. Puede ser imaginación o un resto mínimo de percepción, pero nunca recuperará la vista completa. Alejandro respiró aliviado, como si esas palabras reforzaran su visión del mundo. Lo ven, dijo a los presentes. Solo son ilusiones. Pero Gabriel interrumpió con voz temblorosa. Papá, yo sé lo que vi. Doña Emilia, que observaba desde el fondo del salón, alzó la voz por primera vez delante de todos. Los médicos hablan de lo que saben, señor Montenegro, pero hay cosas que no están en sus libros.
El corazón del niño lo confirma. La luz está regresando. El salón estalló en murmullos. Unos se burlaban, otros quedaban pensativos. Alejandro, rojo de ira, gritó, “¡Basta! ¡No quiero volver a escuchar esas tonterías!” Mandó a callar a la anciana y la expulsó del salón, humillándola frente a todos. Esa noche, Gabriel lloró en silencio en su habitación. “Papá no me cree, pero yo sé que es real”, susurró a su osito. Poco después, doña Emilia se coló en el cuarto, se sentó junto a él y le acarició el rostro.
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