Se oyó otro crujido y el cristal se hizo añicos como el hielo en un viento helado. “Por favor, hagan algo!”, gritó una mujer de la mesa de al lado, levantando las manos como si temiera que las esquirlas le alcanzaran el vestido. El dueño del restaurante, pálido como un fantasma, salió de la barra, pero dudó. No se podía echar a un millonario. Él financiaba varios eventos culturales en la ciudad.
Su nombre abría puertas y cerraba bocas. Laura sentía que su corazón latía cada vez más rápido. Sabía que no debía interferir. Sabía que no era asunto suyo. Sin embargo, algo dentro de ella la empujaba hacia delante. Dio un paso, luego otro. Cada paso sonaba como un redoble de tambor en sus oídos, aunque nadie en la sala pudiera oírlo.
Era invisible para los comensales hasta que se situó justo al lado de la mesa. “Señora”, susurró con incertidumbre el joven camarero que conocía a Laura de la cocina. “No lo haga.” Pero ella ya no le escuchaba. Miró directamente al chico. Su pequeña mano estaba alcanzando un tenedor de plata. Sus ojos estaban llenos de lágrimas y rabia.
Laura se arrodilló a su lado. No dijo ni una palabra. Fue un gesto instintivo, silencioso, sencillo y, sin embargo, valiente. Extendió la mano hacia Leonard con vacilación, como si le ofreciera algo que podía aceptar o rechazar. Y entonces ocurrió algo que nadie esperaba. El niño dejó de llorar. En lugar de tirar los cubiertos, miró a la chica.
Su respiración, que hasta entonces había sido entrecortada y pesada, comenzó a calmarse. Lentamente, con cautela, su pequeña mano se deslizó desde el borde de la mesa y tocó la de ella. El silencio que se apoderó del restaurante era casi tangible. Los comensales dejaron de sus. Alguien dejó un vaso sin terminar.
Otro se frotó los ojos como si no pudiera creer lo que estaba viendo. El millonario dio un paso atrás. Hacía solo un momento estaba dispuesto a gritar y amenazar, pero ahora no sabía qué decir. Miró fijamente a su hijo, que de repente había encontrado consuelo en la presencia de una camarera corriente. Laura sintió un nudo en la garganta.
Temía que todos le gritaran, que alguien la despidiera de su trabajo. Y, sin embargo, la manita que sostenía la suya era más importante para ella que todas las miradas de la sala. Este niño necesita algo más que dinero y lujos. Una idea cruzó por su mente. Se oyó un fuerte murmullo detrás de ellos. Algunos aplaudían, otros seguían sin poder creerlo.
Y el propio millonario miró a Laura como si por primera vez en mucho tiempo no tuviera respuesta. Leonard. La voz del millonario, temblaba al ver que su hijo, que acababa de estar enfurecido como una pequeña tormenta, ahora estaba sentado en silencio, sosteniendo la mano de la desconocida camarera Mukol. Y tú, no terminó la frase, no sabía qué palabras elegir.
El comedor estaba lleno de susurros, cada uno de los cuales perforaba su orgullo como un alfiler. Hace solo una hora había entrado allí como un rey, recibido con gestos de asentimiento, miradas envidiosas de los hombres y admiración de las mujeres. Ahora estaba allí indefenso con su hijo que lanzaba porcelana como un gamberro cualquiera. Los invitados lo miraban sin piedad.
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