Doña Consuelo era ciega, tenía setenta años y había vivido toda su vida creyendo que la maternidad significaba aguante sin quejas.
El teléfono se le resbaló ligeramente en la mano temblorosa mientras escuchaba la voz de su hijo al otro lado de la línea: tranquila, firme, definitiva.
“Ya vendí el terreno, mamá”, dijo Mauricio. “Tienes tres días para irte”.
Se le hizo un nudo en la garganta.
“¿Qué dices, hijo mío? Ese terreno es nuestro hogar. Te crié allí. Lavé la ropa allí para pagar tu escuela”.
“Ya no es tuyo”, respondió con tono impaciente. “Firmaste un poder notarial hace años. Ya está hecho”.
“Pero… aquí es donde vivo”, susurró. “¿Adónde se supone que debo ir?”
“No lo sé”, dijo Mauricio. “Pero ya no es mi problema. Los nuevos dueños llegan el viernes”.
La línea se cortó.
Doña Consuelo volvió a marcar. Una vez. Dos veces. Cinco veces.
El número que has marcado no existe.
Se quedó sentada en silencio, con las manos temblorosas y los ojos secos; no porque no sintiera nada, sino porque lo había llorado todo hacía mucho tiempo.
El viernes por la mañana, un coche se detuvo frente a la casa. Dos hombres salieron con cintas métricas. Una mujer los siguió, con un portapapeles en la mano.
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