“No sé. Ya no tiene número”.
Consuelo salió de su casa con una bolsa de plástico: tres blusas, una falda, un rosario y una caja de zapatos llena de papeles que nunca había podido leer.
Amparo la acompañó a una pequeña habitación al final de un patio compartido.
“Puedes quedarte aquí”, dijo. “Es pequeño, pero es un techo”.
Consuelo se sentó en el catre, apretando la caja de zapatos contra su pecho.
“Llamará”, susurró. “Cuando se acuerde”.
Amparo no dijo nada.
El hijo que borró su pasado
En la Ciudad de México, el Dr. Mauricio Estrada Salinas cenaba con su esposa y su suegra, hablando de las renovaciones de su nuevo consultorio.
Nadie mencionó a su madre.
Nadie preguntó.
Porque para Mauricio, ella ya no existía.
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