El hombre llevó a su amante al funeral de su esposa embarazada; luego, el abogado abrió su testamento y descubrió...

Me llamo Emily Carter, y hay un momento que jamás borraré de mi memoria: el día que mi cuñado llegó al funeral de mi hermana con su amante abrazada.

La iglesia de nuestro pequeño pueblo texano estaba impregnada del aroma de lirios blancos y de oraciones murmuradas. Al frente estaba el ataúd cerrado de mi hermana Lily. Tenía treinta y dos semanas de embarazo cuando supuestamente se "cayó" por las escaleras. Esa fue la explicación de Jason. Un trágico accidente. Nada más.

Nunca le creí.
Cuando se abrieron las puertas de la iglesia y Jason entró, la tensión en la sala aumentó al instante. Vestía un traje negro, con una expresión serena, y a su lado estaba una morena alta con un vestido negro ajustado, aferrada a su brazo como si perteneciera a ese lugar.

Mi madre respiró hondo. "¿Habla en serio?", susurró, apretándome la mano con fuerza.

"Es Rachel", murmuré. Reconocí el nombre de meses atrás, cuando apareció en el teléfono de Lily. «La compañera de trabajo».

Las cabezas se giraron. Se extendieron los susurros. Jason actuó como si no hubiera notado nada. Acompañó a Rachel a la primera fila —la de Lily— y se sentó, dejándola apoyarse en él como si fuera la esposa en duelo.

Me ardía el pecho. Me levanté a medias del asiento, lista para apartarla, pero mi padre me tiró hacia atrás. «Aquí no, Em», me advirtió en voz baja. «No durante el servicio».

El pastor habló de la calidez de Lily, de su risa y del bebé al que ya había llamado Noah. No podía dejar de mirar a Jason, intentando comprender cómo un hombre que decía amar a mi hermana podía llevar a su expareja a su funeral tan solo unas semanas después de la muerte de Lily y su hijo nonato.

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