El hombre que caminó hacia mí no llevaba traje ostentoso ni joyas llamativas. Vestía de negro, sencillo, con una presencia serena que imponía respeto sin esfuerzo. Cuando tomó mi mano, lo hizo con naturalidad, como quien pertenece.

—Rebeca —dijo con voz tranquila—. Estoy aquí.

Estefanía lo miró de arriba abajo, confundida. Nicolás frunció el ceño. No reconocían ese rostro… pero algo en él los inquietaba.

El sacerdote se aclaró la garganta, incómodo por la tensión creciente. Yo di un paso adelante.

—Permítanme presentarles —dije—. Él es Daniel Ríos, mi esposo.

Un murmullo recorrió la iglesia. Nicolás se quedó rígido.

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—¿Daniel Ríos…? —repitió, incrédulo.

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