El hombre que caminó hacia mí no llevaba traje ostentoso ni joyas llamativas. Vestía de negro, sencillo, con una presencia serena que imponía respeto sin esfuerzo. Cuando tomó mi mano, lo hizo con naturalidad, como quien pertenece.

—Mamá —susurré—. Perdono. Pero no vuelvo atrás.

Salimos de la iglesia sin mirar atrás, bajo el sol de Sevilla.

Porque entendí algo esencial:

Hay quienes ganan dinero, estatus y mansiones…
y hay quienes ganan una vida plena, un amor real y una conciencia tranquila.

Yo no recuperé lo que me robaron.

Construí algo mucho mejor.

Y eso…
eso no se lo pudo quitar nadie.

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