Me entregué al trabajo. Largas horas. Noches largas. Me convencí de que era necesario. Lo hacía por ella. Por la escuela. Por la estabilidad. Por el futuro que su madre habría deseado.
Fue entonces cuando Melissa entró en nuestras vidas. En aquel entonces parecía perfecta. Organizada. Refinada. Tranquila. Le hablaba con cariño a Hannah, la ayudaba con las tareas, preparaba almuerzos. Cuando nos casamos al año siguiente, me sentí aliviada, casi orgullosa de mí misma.
"Necesita una figura materna", me dije.
"Ahora todo estará bien".
No me pregunté por qué Hannah dejaba de correr hacia la puerta cuando llegaba a casa. No me pregunté por qué usaba mangas largas incluso cuando hacía calor. No me pregunté por qué siempre miraba a Melissa antes de comer.
Elegí la comodidad antes que la consciencia. Y lo pagué caro.
Dentro del hospital
El olor a desinfectante me golpeó en cuanto crucé las puertas automáticas. Corrí a recepción y dije el nombre de mi hija.
La mirada de la enfermera cambió al mirarme. No solo preocupación. Algo más oscuro.
"Unidad de Trauma Pediátrico. Tercer piso".
Trauma.
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