Te estoy pidiendo que me des la oportunidad de amarte como mereces ser amada todos los días por el resto de nuestras vidas. Sofía extiende su mano izquierda sonriendo a través de las lágrimas de felicidad. Sí, Diego Castillo. Sí, me quiero casar contigo.
Mientras él desliza el anillo en su dedo, ambos saben que esta es la decisión más valiente y correcta que han tomado en sus vidas. Han encontrado no solo el amor, sino también la libertad de ser completamente auténticos. Juntos el sol se está poniendo sobre Guadalajara, pintando el cielo de colores dorados y rosados, como si el mismo universo estuviera celebrando su decisión de elegir el amor verdadero sobre todas las demás expectativas.
Seis meses después, los jardines flotantes de Sochimilko nunca habían albergado una boda tan hermosa. Entre las coloridas trajineras adornadas con flores de sempasuchil y rosas blancas, bajo un cielo azul perfecto de abril, Sofía y Diego están a punto de convertirse en esposos.
La ceremonia es una fusión perfecta de dos mundos que han aprendido a complementarse. Las mesas están decoradas con manteles de lino fino y centros de mesa con flores tradicionales mexicanas. Los mariachis alternan con un cuarteto de cuerdas. Los invitados incluyen desde empresarios importantes hasta los vecinos de Shochimilko que vieron crecer a Sofía. Don Fernando camina por el jardín visiblemente emocionado.
A su lado, Carmen Morales, luce un vestido azul marino elegante que Sofía le compró especialmente para la ocasión. Ambos padres han desarrollado una amistad genuina basada en su amor compartido por la felicidad de sus hijos. Nunca pensé que vería el día en que mi Diego encontrara a alguien que lo hiciera tan feliz.
dice don Fernando a Carmen mientras observan los preparativos finales. Mi Sofía tampoco había sonreído así desde que era niña, responde Carmen. Se nota que se aman de verdad. Javier, el hermano de Sofía, ahora en su último año de ingeniería, actúa como uno de los padrinos. ha desarrollado una relación cercana con Diego, quien lo ha estado mentoreando no solo académicamente, sino también ayudándolo a conseguir prácticas profesionales en empresas importantes.
Entre los invitados no se encuentra Ricardo Mendoza. Su amistad con Diego terminó definitivamente aquella noche del baile, cuando Diego se dio cuenta de que los verdaderos amigos apoyan tu felicidad, no la destruyen. En su lugar, Diego está rodeado de nuevos amigos, colegas de Sofía de Guadalajara, empleados de hoteles Castillo que genuinamente los aprecian y personas que los valoran por quienes son realmente.
Sofía está en una pequeña casita flotante que sirve como vestidor, poniéndose los toques finales para la ceremonia. Su vestido de novia es una obra de arte diseñado por la misma modista que hizo el vestido del baile, pero esta vez Sofía participó activamente en cada decisión.
Es de encaje blanco con detalles bordados a mano que incluyen flores mexicanas tradicionales. Una celebración de sus raíces. ¿Lista, mi hija? Pregunta Carmen entrando a la casita. Más que lista, mamá, responde Sofía irradiando felicidad. ¿Tú cómo estás? Orgullosa, muy orgullosa de la mujer en que te has convertido.
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