El joven agente de tráfico rompió por la mitad el carnet de conducir de la chica con una sonrisa burlona, se burló abiertamente de ella e insinuó que el problema podía "gestionarse discretamente".
Estaba convencido de su autoridad, hasta que ella, con calma, metió la mano en la guantera y sacó otro documento de identidad.
El calor en la autopista M-06 era brutal. La carretera relucía, el aire se sentía denso, e incluso el aire acondicionado del coche nuevo de Liza había fallado hacía horas. Aun así, condujo con paso firme, obedeciendo todas las normas, sin pasar ni un kilómetro del límite de velocidad.
Entonces, una luz azul brilló en el retrovisor.
"Genial...", murmuró, deteniéndose.
El coche patrulla se detuvo casi demasiado cerca. Una puerta se cerró de golpe. Un joven agente se acercó, con el uniforme impecable, el rostro engreído y la confianza impresa en él.
"Sus documentos", dijo secamente, omitiendo cualquier saludo.
Liza bajó la ventanilla y le entregó su pasaporte y su carnet de conducir. Los hojeó lentamente, alargando el momento deliberadamente. Luego levantó la vista con una sonrisa torcida.
"¿Ese coche a tu edad?", dijo con pereza. "¿Adónde? ¿A alguna reunión de negocios importante en la panadería?".
"Viajo por trabajo", respondió Liza con serenidad. "Y no he infringido ninguna norma".
Se burló y siguió hablando: pullas sobre su edad, sobre las mujeres conductoras, sobre que las carreteras no eran lugar para ella. Sus ojos recorrieron el coche.
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