"¿O fue un regalo?", rió entre dientes. "¿Un admirador generoso, tal vez? Coches como este no son baratos".
Liza apretó el volante con más fuerza, pero guardó silencio.
El agente empezó a enumerar infracciones imaginarias, sugiriendo con indiferencia que todo se podía "arreglar aquí mismo". Cuando ella se negó a pagar con calma, su expresión se endureció.
"Así que quieres hacer esto a la fuerza", murmuró.
Le sacó la licencia de la funda y, sin previo aviso, la partió en dos. El chasquido resonó contra el asfalto mientras los pedazos caían a sus pies.
"Listo", dijo riendo. "Vas a irte de aquí".
Su risa fue fuerte y satisfecha. Esperaba lágrimas, pánico, súplicas.
En cambio, Liza respiró hondo.
Apartó la mirada de la licencia rota y buscó la guantera.
"¿Y ahora qué?", se burló.
"Ya verás", respondió ella en voz baja.
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