El marido presentó a su amante embarazada en la cena, pero su esposa sacó documentos que lo sorprendieron.

Eleanor Hart llegó como si el edificio le perteneciera.
Setenta y seis años, cabello plateado perfectamente peinado, postura impecable.
Había estado casada con el fundador que convirtió una cadena hotelera en una máquina inmobiliaria, tecnológica y financiera.

Examinó la mesa, la vajilla, el plano de asientos.
Luego miró su reloj.
“Déjame adivinar. Mi hijo llegará tarde a su propio evento otra vez”.

“Tuvo una reunión de último minuto”, respondió Rebecca, tan precisa como siempre.
Eleanor emitió un sonido seco que casi fue una risa. “Su padre nunca llegaba tarde. La puntualidad es respeto.”

Se inclinó hacia adelante, bajando la voz.
“Le permites demasiado.”
Rebecca la miró a los ojos sin pestañear.
“En algunos teatros, Eleanor, el actor cree que domina el escenario… hasta que se encienden las luces.”

Eleanor la observó un largo instante.
Entonces, inesperadamente, le apretó la mano a Rebecca.
“De verdad”, murmuró. “De verdad.”

Dos sillas vacías
A las 7:15, catorce invitados estaban sentados: el director de tecnología y su esposa, el jefe de expansión internacional y legal, el director financiero y el presidente de la junta directiva, Gerald Whitman, un hombre mayor que siempre llevaba un pañuelo rojo.
La sala se sentía cara, como puede sentirse caro el silencio.
Dos sillas permanecían vacías: el asiento del centro para Mark y una a su derecha para un “invitado especial” que nadie nombraría.

A las 7:20, Rebecca levantó la mano. “Empecemos con los cócteles.”
Eleanor apretó los labios.
“Le gustan las entradas dramáticas”, dijo.

Rebecca solo sonrió.

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