Pasaron seis meses.
Seguía trabajando para Elena Pavlovna, pero ahora tenía mis propias clientas habituales, y mis ramos eran reconocidos por su estilo. Empecé a sonreír más a menudo y a dormir más profundamente. Y lo más extraño: a veces realmente había una cacerola sin lavar en casa. Y el mundo no se derrumbó.
Dimka... sí, intentó volver. Y regresó, de una manera diferente. No con quejas, sino con preguntas. No con pedidos, sino con sugerencias. Poco a poco aprendimos a estar juntos de nuevo.
Y un día, mientras escogíamos flores para la celebración de otra persona, me dijo, mirándome:
"Sabes, Natasha... Antes pensaba que una esposa era quien limpiaba las huellas de mi vida. Pero resultaste ser tú quien podía... decorarla".
Sonreí:
"Ya es un poco tarde para que te des cuenta".
"Pero yo sí", respondió en voz baja.
Y en ese momento, sentí claramente lo más importante: aunque no estuviéramos juntos, nunca sería una cobarde.
Porque soy una mujer que sabe hacer ramos. Y que sabe decir "no" con la misma gracia con la que ata una cinta a los tallos.
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