El marido se fue por una olla sucia, pero regresó a la mujer con ramos, no con un trapo.

Dim hizo una pausa y luego intentó suavizar la voz:

"De acuerdo. Hagámoslo como seres humanos. Volveré a casa, hablaremos..."

"No", respondí en voz baja pero firme. "No vas a volver a casa. Hablaremos aquí. Y si quieres volver, no será 'como antes'. Será nuevo."

Frunció el ceño, como si le hubiera sugerido que aprendiera chino.

"¿Y qué quieres decir con 'nuevo'?"

"Igualmente", dije. "Trabajo, vida cotidiana, respeto. Y nada de 'tienes que'."

Dimka resopló:

"¡Guau!... ¿Dónde aprendiste eso?"

Asentí con la cabeza hacia su ramo:

"Donde la gente compra flores para alegrar a alguien, no para llenar un vacío en su conciencia."

Etapa 2. La floristería como escuela de autoestima
Esa noche llegué temprano a mi turno. Elena Pavlovna lo notó enseguida: me brillaban los ojos y tenía los hombros tensos.

"¿Llamó?", preguntó simplemente, como si me conociera de toda la vida por mi olor.

"Nos conocimos." "Quiere volver", me quité la chaqueta y me puse un delantal. "Solo vuelve para que pueda estar... cómoda de nuevo".

Elena Pavlovna no se quedó sin aliento. Recortó los tallos con cuidado y dijo con calma:

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