El marido se fue por una olla sucia, pero regresó a la mujer con ramos, no con un trapo.

Dimka dejó su maleta en silencio en el rellano, como si le avergonzara admitir que esperaba volver sin más, como si nada hubiera pasado.

En la cocina, puse la tetera. Y esa misma olla —sí, esa olla— la dejé en el fuego. No por venganza. Solo como símbolo.

"Ahí está", dije, señalando la olla con la cabeza. "Por eso te fuiste."

"No me fui por la olla...", murmuró.

"Así es", lo miré a los ojos. "Te fuiste porque necesitabas una excusa para irte con elegancia y hacerme sentir culpable."

Se quedó paralizado.

"¿Qué dices?"

—La verdad. Y ahora escucha las condiciones si quieres seguir cerca.

Saqué el papel. Sí, lo hice.

Dije. Porque si no, la conversación volvería a ser "no me entiendes".

"Primero: nos repartimos las tareas de la casa. Segundo: no me hables con condescendencia. Tercero: si tu madre interfiere, tú pones un límite. No yo. Tú".

Dimka sonrió con ironía:

"Prácticamente hiciste un contrato".

"Y prácticamente me prescribiste la vida", respondí. "Ahora me toca a mí".

Etapa 5. La noche que lavó la olla por primera vez.

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