Tomé el ramo y de repente sentí: sí, es bonito. Pero ya no es un vértigo. Porque ya no dependo de si me traen flores o no.
"Gracias", dije. "Precioso".
Esperó un poco más. Esperó a que me derritiera.
"Natasha... te extraño", exhaló. "Y la casa... está vacía".
Lo miré con calma:
"Está vacía no porque me haya ido. Está vacía porque no sabes estar con una persona, no con una función".
Estas palabras lo impactaron más que cualquier discusión.
Etapa 8. Una conversación tras la cual "nunca volvió a ser lo mismo".
Nos vimos en casa esa noche. Preparé té y saqué unas galletas. Y dije:
"Dim, seamos sinceros. ¿Quieres que vuelva o quieres restaurar el orden al que estás acostumbrado?".
Se quedó callado un buen rato. Luego cedió:
"Tengo... miedo de no poder con esto. Que sin ti, no soy... nadie".
Esa fue la primera vez que fui sincera.
"Y tengo miedo de que a tu lado vuelva a ser 'nadie'", respondí.
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