El marido se fue por una olla sucia, pero regresó a la mujer con ramos, no con un trapo.

Dimka tragó saliva:

"¿Qué hago?"

Suspiré:

"Aprende. Primero, lo básico: respetar. Compartir. Proteger los límites". Y sí, háblale a tu madre de forma que la entienda: no soy tu sirviente.

"No lo entenderá..."

"Entonces la elección es sencilla", dije. "O eres el marido o eres el hijo. Pero sentarte en dos sillas y que me caiga, ya está".

Dimka bajó la mirada.

"Lo intentaré", dijo en voz baja.

Asentí. Pero en el fondo ya lo sabía: "Lo intentaré" no es una garantía. Una garantía es una acción.

Etapa 9. La suegra montó una actuación, y Dima no actuó por primera vez.
Un par de días después, su madre me llamó ella misma.

"Natalya", su voz era gélida. Has arruinado la familia. Lo has vuelto su mujer.

Escuché en silencio. Y de repente oí algo más:

"Mamá, basta." Era la voz de Dimka. Había estado cerca y contestó.

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