El millonario despidió a la niñera sin dar explicaciones, hasta que su hija habló y todo cambió.

El millonario despidió a la niñera sin dar explicaciones, hasta que su hija dijo una frase que lo cambió todo.
La maleta de Laura Méndez golpeó el suelo de piedra con un golpe sordo, como si finalmente también se hubiera rendido. El sonido resonó por el largo pasillo de la hacienda, mezclándose con las palabras que aún resonaban dolorosamente en sus oídos.

"Ya no necesitamos sus servicios".

Santiago Mendoza lo había dicho sin levantar la vista de los papeles sobre su escritorio.

Tres años.
Tres cumpleaños llenos de globos y pastel.
Tres inviernos de fiebre, jarabe para la tos y noches de insomnio.
Tres tormentas donde Sofía solo dormía si la mano de Laura la rodeaba con fuerza, como si soltarla significara desaparecer.

Y ahora Laura estaba allí, con una maleta a medio empacar a sus pies, con el pecho oprimido, la dignidad al borde del colapso.

No lloró en su oficina. Se negó a rogar. Lloró más tarde, en el pequeño baño del personal, en silencio, controlada, con la palma de la mano apretada contra la boca para que no se le escapara ningún sonido. Empacó lo que importaba: ropa, un libro infantil lleno de notas adhesivas, una foto descolorida de su madre. Se detuvo al ver el cepillo que Sofía usaba para peinar a su muñeca favorita.

"Eso es de ella", pensó Laura. "Yo ya no".

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