Afuera, el atardecer de San Miguel de Allende teñía las paredes de terracota de un dorado apagado. Don Ramón, el conductor, abrió la puerta del coche y la miró con los ojos llenos de palabras que no se atrevía a pronunciar. Solo una se le escapó, apenas audible.
"No está bien, señorita Laura".
Asintió, apretando los labios, y subió. No miró atrás. Si lo hacía, sabía que volvería corriendo con Sofía, y que la despidieran con tanta frialdad, como un error administrativo, lo hacía insoportable.
Mientras el coche arrancaba, Laura apoyó la frente contra la fría ventanilla y recordó el principio.
Sofía tenía dos años entonces y lloraba como si se le hubiera acabado el mundo. La niñera anterior había fracasado. Laura, recién salida del colegio y temblando por dentro, se sentaba en el suelo de la habitación con un libro para colorear e inventaba voces ridículas: un dragón dramático que hablaba como una estrella de telenovela, una mariposa que cantaba viejas rancheras. Sofía dejó de llorar, la miró con sus enormes ojos verdes y le tendió la mano.
Desde ese momento, "Lau" se convirtió en su palabra favorita.
Santiago, en cambio, vivía con horarios y silencio. Enviudó demasiado joven y perdió a Elena, la madre de Sofía, por una enfermedad repentina que dejó la casa llena de objetos intactos y recuerdos inacabados. Se sumergió en el trabajo. Laura nunca lo juzgó. Solo notaba cómo, en las raras noches que llegaba temprano a casa, se quedaba en la puerta, viendo reír a su hija, como si recordara que aún existía la vida.
Y últimamente, Laura lo había presentido. La forma en que su mirada se detuvo un segundo de más.
El "gracias" que sonó inacabado.
Se advertía constantemente: No cruces esa línea. No perteneces a su mundo.
Pero los sentimientos, como el polvo en un camino abierto, se abren paso sin importar cuán cerradas estén las puertas.
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