“Sofía…”
“Lo oí.”
Se le encogió el estómago.
“¿Qué oíste?”
Sofía abrazó la almohada con fuerza.
“La señora Mónica dijo que Lau era mala. Dijo que Lau quería robar cosas. Y tú dijiste que ya no la querías aquí.”
Un escalofrío recorrió la espalda de Santiago. Mónica Villarreal, su exnovia, había reaparecido cuatro meses antes, envuelta en perfume caro y palabras dulces. Le había susurrado que Laura “lo miraba raro”, que el apego de Sofía no era sano, que un empleado podía “aprovecharse”.
La había creído, porque era más fácil que afrontar su propia inquietud cada vez que Laura sonreía.
“Cariño, Mónica solo…”
“No”, dijo Sofía, incorporándose de repente. Solo entonces Santiago notó lo caliente que tenía la frente. “Está mintiendo”.
Le tocó la piel. Ardía.
Esa noche, Sofía empeoró. Llegó el médico. Doña Chayo rondó. Y al amanecer, Santiago se quedó junto a la cama de su hija, ahogado en la culpa.
A la mañana siguiente, Mónica llegó sin avisar, impecable como siempre.
“Pobre Sofi”, dijo, cepillando el cabello de la niña con ensayada ternura. “Te lo advertí: el apego al personal no es sano”.
Doña Chayo guardó silencio, con los labios apretados.
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