El millonario despidió a la niñera sin dar explicaciones, hasta que su hija habló y todo cambió.

Sofía yacía pálida en la cama. Cuando vio a Laura, la habitación pareció iluminarse.

“Lau…”, susurró, llorando.

Laura la abrazó con ternura.

“Estoy aquí.”

Sofía extendió la mano hacia ambos, colocando la de su padre sobre la de Laura.

“No me sueltes”, dijo en voz baja. “Duele cuando lo haces.”

Santiago cayó de rodillas.

“Perdóname”, susurró.

“Discúlpate con Lau”, ​​insistió Sofía.

Lo hizo.

Meses después, la risa regresó, no porque el pasado se desvaneciera, sino porque la honestidad tomó su lugar.

Laura se quedó, con términos justos, con límites. Santiago aprendió a escuchar. Sofía aprendió que la verdad hace desaparecer los corazones fríos.

Y ese fue el verdadero final feliz.

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