Y Sofía eligió a Laura el primer día cuando la niñera anterior, una señora experimentada de 55 años, no logró hacer que dejara de llorar. Laura simplemente se sentó en el piso del cuarto, tomó un libro de ilustraciones y comenzó a inventar voces diferentes para cada personaje. La niña dejó de llorar. La miró con esos ojos grandes y verdes, tan parecidos a los de su padre, y extendió sus bracitos pidiendo ser cargada. Desde ese día fueron inseparables. El auto pasó por la plaza central de San Miguel con sus casitas coloniales y la fuente donde Laura llevaba a Sofía para ver a los pájaros bañarse en las tardes calurosas.
La niña adoraba lanzar migajas de pan y reír cuando los gorriones peleaban por la porción más grande. A veces Santiago aparecía de sorpresa escapándose de alguna reunión y los tres se sentaban en la banca de hierro forjado comiendo helado de vainilla con cajeta. Eran momentos escasos, pero preciosos. momentos en que el empresario parecía olvidar los números y las juntas que dominaban su vida, y simplemente existía allí presente con su hija y la niñera que cuidaba de ella.
Laura cerró los ojos y dejó que las lágrimas corrieran en silencio. No eran lágrimas de rabia, aunque tenía todo el derecho de sentir rabia. Eran lágrimas de nostalgia anticipada, de un duelo que comenzaba antes de que la ausencia se concretara. iba a extrañar el olor a la banda del suavizante que doña Josefina usaba en las sábanas, el café de olla que don Ramón preparaba cada mañana, fuerte como él decía que el café debía ser. La risa de Sofía resonando por los pasillos cuando jugaban a las escondidas.
iba a extrañar, aunque no debería, la presencia silenciosa de Santiago en las cenas, cuando él aparecía demasiado tarde y encontraba a las dos ya en pijama viendo caricaturas en la sala de televisión. Él siempre se detenía en la puerta, siempre observaba por algunos segundos antes de anunciar su presencia. Y Laura siempre fingía no darse cuenta, aunque su corazón se aceleraba cada vez que sentía esa mirada sobre ella. Eso estaba mal. Sabía que estaba mal. Una niñera no debería sentir nada más que profesionalismo por su empleador, pero los sentimientos no piden permiso para existir.
Y en los últimos meses, Laura había estado librando una batalla silenciosa contra algo que crecía dentro de ella sin invitación. Tal vez por eso el despido dolía tanto. No era solo el empleo, era la cercanía, era poder estar cerca de él aunque fuera de lejos, era formar parte de ese universo aunque solo fuera como empleada. El auto dejó San Miguel y tomó la carretera de terracería que llevaba al pueblo vecino, donde Laura alquilaba un cuartito en la parte de atrás de la casa de una señora jubilada.
Volvería allí ahora. regresaría a la cama individual, a la estufa de dos hornillas, a la vida que tenía antes de conocer a los Mendoza, e intentaría de alguna forma seguir adelante. En la hacienda, el silencio que se instaló tras la partida de Laura tenía peso. Doña Josefina, la ama de llaves que trabajaba para la familia desde hacía más de 20 años, lavaba los platos del almuerzo con más fuerza de la necesaria, las ollas golpeando contra el fregadero de acero, en una sinfonía de desaprobación.
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