El millonario despidió a la niñera sin razón… hasta que su hija dijo algo que lo dejó en shock

A la mañana siguiente tomó la decisión, llamó a Laura al despacho, pagó todos los derechos laborales duplicados y la despidió. No dio explicaciones porque no sabía cómo verbalizar algo que ni él mismo comprendía bien. Solo dijo que era una decisión empresarial, que no tenía nada que ver con su desempeño y le deseó buena suerte.

Laura salió sin decir una palabra, sin llorar, sin suplicar, sin pedir explicaciones. Simplemente asintió con la cabeza y se fue a empacar sus cosas. Y esa dignidad silenciosa, por alguna razón, lastimó a Santiago más de lo que cualquier grito o acusación podría haberlo lastimado. Ahora, solo en el despacho, se preguntaba si había hecho lo correcto.

La pregunta giraba en su mente sin encontrar respuesta, como un disco rayado, repitiendo siempre el mismo fragmento. Había hecho lo correcto. Había hecho lo correcto. Habíahecho lo correcto. En el piso de arriba, en un cuarto decorado con mariposas y unicornios, Sofía abrazaba la almohada de Laura y lloraba bajito, sin entender por qué su persona favorita en el mundo se había ido sin despedirse.

La almohada todavía tenía su perfume, ese olor a champú de manzanilla que la niña asociaba con cariño, con cuentos antes de dormir, con abrazos largos en las tardes de lluvia. Sofía tenía apenas 4 años, pero ya conocía el dolor de la ausencia. Primero fue su mamá, que se durmió un día y nunca más despertó. Ahora era Laura, que simplemente desapareció como si nunca hubiera existido.

La niña apretó la almohada con más fuerza e hizo una promesa silenciosa con la determinación feroz que solo los niños muy pequeños poseen. Ella iba a traer a Laura de vuelta. No sabía cómo, no sabía cuándo, pero iba a encontrar la manera porque algunas personas son demasiado importantes para dejarlas ir así, sin luchar, sin explicación, sin al menos un abrazo de despedida.

Los días que siguieron trajeron una quietud extraña a la hacienda de los Mendoza. Doña Josefina continuaba sus tareas con la misma eficiencia de siempre, pero había algo diferente en el aire. una tensión silenciosa que nadie se atrevía a nombrar. Las comidas se servían en el horario correcto, la ropa lavada y planchada con esmero, los pisos encerados hasta brillar.

Sin embargo, faltaba el sonido. Faltaba la risa de Sofía corriendo por los corredores. Faltaban las canciones que Laura inventaba para cada momento del día. Faltaba esa energía ligera que solo la presencia de una niña feliz puede traer. Sofía dejó de hablar, no completamente, pero casi. Respondía las preguntas con monosílabos, comía apenas lo suficiente para no preocupar y pasaba horas en su cuarto abrazada a la almohada que aún guardaba el olor de Laura.

Santiago intentó hablar con ella la primera noche, se sentó en el borde de la cama y le preguntó si todo estaba bien. La niña solo lo miró con esos ojos grandes y tristes, tan parecidos a los de Elena, y se volteó hacia el otro lado sin responder. mirada se quedó con él, lo persiguió durante las reuniones, invadió sus pensamientos mientras firmaba contratos, apareció reflejada en el vidrio de la ventana del despacho cuando la noche caía sobre San Miguel.

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