“La señora de México no me quiere, papá. Ella finge, ella sonríe, pero sus ojos son fríos. Lau, no. La tiene ojos cálidos como los que tenía mami. La mención de Elena hizo que Santiago perdiera el aire por un segundo. Sofía raramente hablaba de su madre. Era muy pequeña cuando murió. Guardaba más sensaciones que recuerdos concretos, pero recordaba los ojos, recordaba la calidez.
¿Cómo es eso, mi amor? Ojos fríos. Sofía se encogió de hombros como si la respuesta fuera obvia. La señora me mira como si yo fuera algo en su camino. La me miraba como si yo fuera lo más importante. Es diferente, papá. Se puede sentir. Santiago se quedó en silencio por un largo tiempo, procesando las palabras de su hija.
Los niños perciben cosas que los adultos eligen ignorar. No tienen filtros sociales. No racionalizan comportamientos sospechosos. No dan el beneficio de la duda a quien no lo merece. Sofía no tenía motivos para mentir o exagerar. Simplemente estaba describiendo lo que sentía con la honestidad absoluta de sus 4 años de vida. Y si tenía razón sobre Mónica.
Y si toda esa dulzura era solo una máscara bien construida. Y si Santiago, cegado por la soledad y la necesidad de tener a alguien a su lado, se había dejado manipular por la persona equivocada. Los pensamientos se atropellaban en su cabeza mientras acomodaba las cobijas alrededor de Sofía y prometía volver pronto con medicina para la fiebre.
Bajó las escaleras en estado de sopor y encontró a doña Josefina en la cocina preparando un caldo ligero. Se detuvo a su lado sin saber exactamente qué decir. La ama de llaves lo conocía demasiado bien para no percibir que algo estaba mal. Continuó moviendo la olla en silencio, esperando que él encontrara las palabras.
Santiago apoyó las manos en la barra de mármol y soltó un suspiro largo. Me equivoqué, doña Josefina. No era una pregunta, pero la mujer respondió de todas formas. Se equivocó. Sí, señor. ¿Usted lo sabía? Sé muchas cosas que pasan en esta casa, don Santiago. Trabajo aquí desde que usted usaba pantalones cortos. Ella finalmente dejó de mover el caldo y lo enfrentó.
Esa muchacha era lo mejor que le había pasado a Sofía y a usted también, solo que usted era demasiado orgulloso para admitirlo. No es orgullo, es que Mónica dijo la señora Mónica, doña Josefina interrumpió pronunciando el nombre con un desden casi imperceptible. Dice muchas cosas, pero las palabras son fáciles. Lo difícil es mirar los actos.
Laura se quedó 25 días sin descanso cuando Sofía tuvo varicela. Durmió en el piso de su cuarto, le dio baños de avena cada 3 horas cantó hasta perder la voz. La señora Mónica apareció una vez en ese periodo, se quedó 20 minutos y se fue quejando de que no podía contagiarse porque tenía un evento importante.
Santiago no sabía ese detalle. Estaba viajando durante la varicela de Sofía, cerrando un negocio en Monterrey, confiando en que su hija estaba en buenas manos. Y lo estaba. Estaba en las mejores manos posibles, manos que él despidió sin explicación, sin gratitud, sin siquiera un gracias por todo. ¿Cómo arregló esto? Preguntó más para sí mismo que para doña Josefina.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
