El sol salió dorado sobre las montañas y Laura se levantó con ojeras profundas y una determinación frágil. Tomó una ducha larga, se puso el vestido azul cielo que había usado en el cumpleaños de Sofía, el único vestido bonito que poseía, y recogió su cabello en una trenza baja. No quería parecer que se había arreglado para él, pero tampoco quería parecer derrotada.
A las 9:30 de la mañana, el auto negro se estacionó frente a la casa de doña Mercedes. Laura observó por la ventana del cuartito el corazón a 1000, mientras Santiago bajaba del asiento del conductor. Él mismo estaba manejando sin Don Ramón, sin nadie. Vestía pantalón de mezclilla y una camisa casual color beige con las mangas enrolladas hasta los codos. Se veía cansado.
Se veía más pequeño de lo que ella recordaba, como si el peso de algo invisible estuviera encorbando sus hombros. Ella respiró profundo y salió al patio. Santiago la vio antes de que pudiera prepararse emocionalmente para el encuentro. Sus ojos se encontraron a través de la reja de madera y por un momento ninguno dijo nada.
Solo se quedaron allí, separados por pocos metros y por un abismo de palabras no dichas. Fue él quien rompió el silencio. Puedo pasar. Laura asintió y abrió la reja. Santiago entró al patio mirando alrededor, observando el tendedero con ropa sencilla, el árbol de aguacate, la casita modesta en la parte de atrás. Ella sintió que la estaba juzgando. Laura no lo demostró.
Simplemente cruzó los brazos y esperó que dijera lo que había venido a decir. Te debo una disculpa. Santiago comenzó con la voz más ronca de lo normal. Una disculpa que ni sé si tengo derecho a pedir después de lo que hice. ¿Por qué me despediste? La pregunta salió directa, sin rodeos. Laura no tenía paciencia para preliminares educados.
Santiago pasó la mano por su cabello, un gesto de nerviosismo que ella conocía bien de tanto observarlo. Porque fui cobarde e idiota y dejé que alguien pusiera dudas en mi cabeza sobre ti. ¿Quién? Él dudó, pero respondió, “Mónica, a mí se detuvo como si la siguiente palabra tuviera sabor amargo. Novia, exnovia, en realidad terminé con ella ayer.
” Laura sintió algo moverse dentro de su pecho, pero mantuvo la expresión neutral. “¿Y qué dijo ella de mí? que estabas interesada en mí, que tus miradas eran inapropiadas, que podrías estar tratando de aprovecharte de la situación de la cercanía con Sofía para conseguir algo más. Las palabras cayeron entre ellos como piedras. Laura sintió el rostro arder, una mezcla de vergüenza e indignación que amenazaba explotar en lágrimas o gritos.
“¿Y tú le creíste?” “Le creí”, admitió sosteniendo su mirada con dificultad. Porque era más fácil creer que enfrentar la verdad. Qué verdad. Santiago dio un paso adelante, acortando la distancia entre ellos. Su voz salió casi como un susurro cuando respondió que no estaba completamente equivocada.
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