Don Roberto era un magnate retirado de los negocios, un hombre poderoso que lo tuvo todo… hasta que perdió a la mujer que era su mundo entero: Isabella, su esposa.
Desde que ella murió, Don Roberto dejó de encontrarle sentido a la vida. Nunca tuvieron hijos. Lo único que quedó fue una enorme mansión en las afueras de Ciudad de México y una fortuna incalculable que sus sobrinos ambiciosos intentaban arrebatarle día tras día.
Temiendo que todos a su alrededor solo se acercaran por dinero, Don Roberto decidió hacer algo extremo: un experimento social.
Contrató a una nueva cuidadora personal con una sola condición:
debía venir de provincia y no saber absolutamente nada sobre quién era él en realidad.
Así llegó Elena.
Joven, tímida, de origen humilde, con las manos ásperas de trabajar desde niña.
Lo que Elena no sabía era que Don Roberto no estaba ciego.
Veía perfectamente.
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