Usaba lentes oscuros todo el tiempo dentro de la casa y caminaba con un bastón, fingiendo fragilidad. Quería observar cómo se comportaba la gente cuando creía que nadie la estaba mirando.
Durante la primera semana, Elena fue ejemplar: trabajadora, respetuosa, paciente.
Pero algo llamó la atención de Don Roberto: ella solía quedarse mirando en silencio el gran retrato de Isabella colgado en la sala.
—Señor… su esposa era muy hermosa —dijo Elena un día mientras lo ayudaba a comer.
—Sí… ella era mi vida —respondió Don Roberto, fingiendo mirar al vacío.

Un día, Don Roberto decidió ponerle una prueba.
Dejó abierta la habitación principal.
Sobre el tocador, dejó abierta la caja de joyas de Isabella.
Dentro, su collar favorito: un collar de diamantes valuado en 20 millones de pesos mexicanos.
Don Roberto se sentó en su mecedora, en una esquina del cuarto, con lentes oscuros y fingiendo dormir.
Pero detrás de los cristales, sus ojos estaban completamente abiertos.
Elena entró a limpiar.
Enseguida notó la caja abierta.
Los diamantes brillaban bajo la luz.
Don Roberto observó cada movimiento.
Vamos… toma el collar. Te atraparé, pensó.
En su bolsillo llevaba un botón de alarma para llamar a la policía en cuanto Elena intentara guardarlo.
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