El millonario fingió estar ciego para probar a su nueva cuidadora, pero al verla usar la joya de su esposa fallecida, descubrió una verdad que lo cambió todo para siempre

Elena se acercó al tocador.
Le temblaban las manos cuando tomó el collar.

Lo levantó.
Lo observó con detenimiento.

Y entonces… se lo puso.

La sangre de Don Roberto hirvió.
¡Lo sabía! ¡Una ladrona! ¡Ambiciosa! ¡Quiere ser una señora rica!

Elena se miró al espejo.

Don Roberto estaba a punto de presionar la alarma y gritar “¡Ladrona!” cuando notó algo extraño.

Elena no sonreía.
No había felicidad en su rostro.

Estaba llorando.

Se arrodilló frente al retrato de Isabella que estaba en la habitación. Apretó el collar contra su pecho como si abrazara un recuerdo.

—Señora Isabella… su collar es muy hermoso —dijo con la voz quebrada—. Sé que no debería usarlo, pero… solo quería saber cómo se siente ser alguien valiosa.

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