Don Roberto se quedó inmóvil.
—Porque… el señor Roberto dice que este era su favorito —continuó Elena—. Todas las noches lo escucho llorar mientras lo sostiene. Me lo puse solo un momento para… para pedirle a usted que me dé fuerza para cuidarlo bien.
Elena se limpió las lágrimas.
—No pienso robarlo. ¿Quién soy yo? Solo una empleada. Pero le prometo, señora, que nunca abandonaré a su esposo. Lo cuidaré como cuidé a mi padre antes de que muriera. Aunque esté ciego, haré que sienta que lo ve el corazón.
Con cuidado, Elena se quitó el collar, lo limpió con un paño suave y lo colocó perfectamente dentro de la caja.
—Gracias por prestarme su fuerza… señora.
Elena se levantó para salir.
—Elena.
Una voz firme la detuvo.
No era la voz débil de un anciano indefenso.
Era una voz llena de autoridad… y emoción.
Elena volteó.
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