El millonario fingió estar ciego para probar a su nueva cuidadora, pero al verla usar la joya de su esposa fallecida, descubrió una verdad que lo cambió todo para siempre

Vio a Don Roberto de pie.
Sin bastón.
Quitándose los lentes oscuros.

Mirándola directamente a los ojos.

—¿S-señor…? —palideció—. ¿Usted… puede ver?

Elena cayó de rodillas.

—¡Perdóneme! ¡Por favor! ¡No quise robar! ¡No me mande a la cárcel!

Don Roberto se acercó.
Ella esperaba un golpe.

Pero él la tomó de los hombros y la ayudó a levantarse.

—Ponte de pie, Elena —dijo con suavidad.

Tomó el collar de la caja.

—Señor…

—Fingí estar ciego para conocer el verdadero corazón de las personas —confesó con lágrimas—. Pensé que querías venderlo. Pensé que solo te importaba el dinero.

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