El millonario fingió estar ciego para probar a su nueva cuidadora, pero al verla usar la joya de su esposa fallecida, descubrió una verdad que lo cambió todo para siempre

Se colocó detrás de ella y le puso el collar nuevamente.

—Pero escuché cada palabra que le dijiste a Isabella. Sentí tu sinceridad.

—¡Señor! ¡Eso vale demasiado!

—No hay nada más valioso que un corazón honesto —respondió—. Es tuyo.

—¿Qué…?

—Te lo regalo. No como pago. Y desde hoy… ya no eres una empleada aquí.

—¿Estoy despedida? —sollozó Elena.

—No —sonrió Don Roberto—. Desde hoy eres mi hija adoptiva. Isabella y yo siempre soñamos con una hija como tú: compasiva, temerosa de Dios y capaz de amar incluso cuando nadie la observa.

Elena lo abrazó.

El “ciego” finalmente había visto la luz… a través del corazón de una joven sencilla.

Desde ese día, Don Roberto nunca volvió a estar solo.
Y Elena aprovechó la oportunidad para estudiar enfermería, cuidando a su padre adoptivo hasta su vejez.

Nunca vendió el collar.
Lo guardó como símbolo de la confianza que cambió su destino para siempre.

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